Desnuda – Las primeras páginas (Edición mexicana)

Las primeras páginas
desnuda
Anna Salvaje
Edición mexicana

A quien desea.
A quien ama sin permiso.
Porque la felicidad se perdona menos que el dolor.

Capítulo 1

Bienvenida al sitio n.º 1 de encuentros entre personas casadas.
Una aventura a la vuelta de la esquina o un amante a mil kilómetros:
un espacio protegido para contactar de forma segura a infieles de todo el mundo.
¿Deseas un encuentro extraconyugal?
Llegó el momento.

Un sitio de citas. Abiertamente para clandestinos. ¿Me interesaba? Quizá. Aventuras siempre había tenido. Para una mujer guapa es fácil. Pero tenía rato que no pasaba nada. Me había cansado el guion: el cortejo, el manejo pegajoso del final y, sobre todo, el juicio. Porque a cualquier hombre, hasta al más infiel, le gusta pensar que estás engañando a tu marido por él, que fue él quien te hizo caer. Y cuando se da cuenta de que lo habías decidido todo tú —elegido tú, seducido tú, empezado tú—, se le cambia la cara. Se lo toma a mal. Y juzga.

Un sitio hecho a propósito. Cartas sobre la mesa desde el minuto uno. ¿Por qué no? Sin teatro. Sin ambigüedades.

Pensado cada día por un equipo 100 % femenino.
Le damos el poder a las mujeres casadas
que buscan encuentros extraconyugales
con total discreción.

Con total discreción… Sí, cómo no. ¿Pensado por un equipo femenino? Por favor, como si no hubiera un hombre detrás. Luego me dije:

«Ándale, ¿y por qué no? A lo mejor funciona. Pero necesitas un nombre falso… Anna Rossi. No, demasiado común. ¿Anna del Valle? Suena a telenovela. Anna Fiera… ya va mejor, pero no. Anna Valente… tampoco, parece regaño. Espérate, espérate, sí, ya está. Anna Salvaje».

Así fue como me registré, por probar, sin expectativas ni arrepentimientos. Era un juego, un atajo. Y tengo que reconocer que funciona.

O más bien, funcionaba. Con hombres casados, de cuarenta y tantos a cincuenta, hechos y derechos, elegantes, brillantes. Un circuito más rápido: trago, cena, hotel. Unas semanas, cuando mucho un mes o dos. Después se acababa, y ese amante iba a parar a la misma bolsa que los demás, gente de la que apenas recuerdo el nombre, y nada más, ni una imagen, ni un sueño, ni una idea. Pero una cosa sí: yo sabía jugar. ¡Y vaya que sí! Al menos mientras el juego funcionó.

Pero ¿a cuántas se había cogido el Príncipe Azul antes de su «felices para siempre»? ¿Y después? La historia no lo dice: él es un conquistador y nosotras unas putas. Vivimos en un cuartito con un palacio a disposición, y ay de la que salga. Yo lo sabía bien: cada vez que me cachaban un mensaje, la cara de mi pareja no era de dolor. Era de asco. Como si de repente me hubiera vuelto otra. Cuando la que cachaba un mensaje era yo, todos a decirme que exageraba, que estas cosas pasan. Así que decidí salirme del cuartito y quedarme con el palacio entero.

El sistema es facilísimo. Te escribe alguien, le checas la ficha, contestas o no. Nadie se ofende. Y si se ofende, ni modo.

La mayoría de los usuarios tardaba semanas en verse. Chateaban, se contaban signos del zodiaco y colores favoritos. Yo no. Yo quería olerlo pronto, al hombre al que había decidido contestarle. Nos veíamos en un café y lo sometía a un examen.

«Casting para mi cama». Así les decía a esos encuentros preliminares cuando se los contaba a Valeria, la única amiga que sabía de mi doble vida.

Porque por teléfono no entiendes nada. Puedes mandar fotos, audios, desnudarte en una pantalla, pero el otro sigue siendo un invento tuyo: te haces una película en la cabeza —su boca, sus manos, cómo te tocaría— y él del otro lado se hace otra. Luego se ven y no es él. Y tampoco es ella. Llevas un mes hablándole y descubres que ni te gusta. Porque hasta que no está la mirada y la voz sin micrófono no lo sabes. Y sobre todo no lo sabes si no está el olor.

Ese bendito olor es siempre lo primero que tiene que gustarme de un hombre, si me lo quiero llevar a la cama. Me bastan cinco minutos para saber si funciona. Por eso lo de verse luego luego: si el hombre no me gustaba, perdía nada más el tiempo de un café, a lo mucho de una comida. ¿Qué caso tenía estar dándole vueltas al asunto antes de olerse? Si la plática hubiera estado buena, imagínate el chasco de que luego no te gustara su olor.

Buscaba amantes, no amigos.

Cuando el hombre pasaba el casting, en la segunda cita casi siempre se cogía. Si el sexo era bueno, nos seguíamos viendo unas semanas, hasta que me aburría. Eso también me lo decía el olor: en algún momento el olor del amante de turno se volvía neutro, como el aire de un cuarto donde llevas demasiado tiempo. No me daba asco. Desaparecía. Y cuando el cuerpo de un hombre ya no tiene olor para ti, todavía puedes cogértelo, pero es como comer sin hambre. En ese punto cortaba y volvía a empezar. El último se llamaba Marco, o Matteo, algo con M. Me había cogido bien, nada que objetar. Dos horas en un hotel atrás de Cadorna, sábanas discretas, baño con los productos en miniatura. Mientras se volvía a vestir pasé junto a él para agarrar la bolsa del buró. Nada. Ningún olor. Lo vi ponerse la camisa, abotonársela de abajo hacia arriba, el gesto automático, y pensé: ¿cuándo dejó de tener olor? ¿Hoy? ¿La vez pasada? ¿O nunca lo tuvo y me doy cuenta solo ahora? Le di un beso en el cachete, tipo el beso que le das a un colega después de una comida de trabajo, y al salir ya sabía que no lo iba a volver a ver.

Cogidas con calma en la penumbra de un cuarto de hotel, o de pie en el baño de un restaurante, con más ganas de comernos que de comer. Sexo y ya. Sin complicaciones, sin trabas ni malentendidos. Y la certeza de poder, en cualquier momento, levantarme, vestirme y largarme sobre mis tacones, sin explicar ni justificarme.

Que fueran casados era una garantía, podía aceptar, rechazar, posponer y ellos no hacían dramas. Lo importante era andar con cuidado: un teléfono aparte, un nombre falso, nunca dos veces el mismo hotel. Y una rutina precisa para después. Regaderazo en el hotel, siempre, shampoo, jabón, mi perfume otra vez, desde cero. En el taxi me revisaba: cuello, muñecas, pelo. Si quedaba algo que no era mío, bajaba la ventanilla y me dejaba lavar por el viento hasta la casa. Llaves. Pasillo a oscuras. Zapatos quitados en la entrada para no hacer ruido. Si mi marido seguía despierto, me iba a la cocina, me servía un vaso de agua, decía «junta larga», y mi voz sonaba normal porque era normal. Era la misma mujer. Nada más había cambiado de zapatos.

Casi todos se habían casado con una «que no da problemas», de esas criadas con casitas que amueblar y muñequitos que vestir. Bendita presunción: si supieran cuántas de esas mujeres me he encontrado en los privados…

Lo molesto de estos hombres era su ego inflado como un globo y la manía de explicarme las cosas, como diciéndome «¿Viste qué bueno soy? Qué suertuda eres, nena». Pero era un detalle: si tenían una buena verga y la sabían usar, los perdonaba de buena gana. Luego había un puñado de tímidos, hombres que lo habían apostado todo a la carrera y llegaban a la mediana edad muertos de miedo, con el aliento de quien ha aguantado la respiración demasiado tiempo. Me mandaban mensajitos, jugaban a hacerse los románticos, fingían una relación empalagosa que ninguno de los dos quería de verdad, y yo los toleraba cuando mucho una vez al mes, cuando pasaban por Milán, porque en el fondo había algo conmovedor en cómo se sentaban en la orilla de la cama a buscar las palabras justas antes de tocarme. Los más adecuados eran mis iguales, hombres que me cogían con ganas, sin contarse ni contarme historias. Ya se sabe: puta en versión masculina se dice gran cogedor.

Sexo apasionado, atento y generoso. Dura al instante y para rato. ¿Alguno tomaba pastillas para mantenerla dura? A muchas mujeres el asunto les causa incomodidad y problemas de autoestima; a mí no. Una verga a medio palo no tiene nada de alegre ni aunque estés enamorada, imagínate cuando el tipo te da igual, dan ganas de llorar.

En todo caso, fuera quien fuera el amante de turno, mi vida secreta seguía separada de la de todos los días: no se tocaban. Dormía tranquila por las noches, sin remordimientos y sin necesidad de psicólogos ni confesores.

Y así fue, entre una aventura y otra, durante dos años. Dos años de hoteles con las cortinas cerradas y taxis de regreso en los que ya no me acordaba de su cara. Dos años en los que ningún hombre me dejó una marca, ni una noche de insomnio, ni un motivo para mirar el teléfono dos veces.

Hasta que una noche de finales de mayo, ya tarde, me encontré en el sillón, los pies descalzos sobre el descansabrazos y el vestido del trabajo todavía puesto, el cierre abierto en el costado porque no tenía ganas de cambiarme. Deslizaba la página con el pulgar como quien recorre un menú sin hambre, el gesto de todas las noches, distraída, la tele prendida de fondo y la copa de vino en el piso, cuando me escribió un tal Andrés.

No sé por qué lo hizo ni por qué le contesté: no tenía nada que ver con lo que yo buscaba. Es más, un tipo así no tenía nada que andar haciendo en una página de casados infieles. Con alguien tan distinto a ti puede costar trabajo hasta cogértelo una sola vez, ¿no? Y Andrés era demasiado joven, veinticuatro años, soltero, estudiante. A ese tipo de hombre nunca le contestaba.

Me había escrito una frase ingenua, y no resistí la tentación de señalarle lo trillado del comentario. De algún modo quería humillarlo. Sospecho que le envidiaba esos veinticuatro años y me burlaba de él porque podía. Pero él se disculpó, y lo hizo en un italiano correcto. Ay, el italiano correcto… Lo sexy que es el italiano correcto.

Del chat pasamos a los mensajes al celular, luego a las llamadas. No tenía la menor intención de verlo: demasiado fuera de mi tipo. Pero llamarlo de vez en cuando me gustaba, me divertía incomodarlo, mandarle una foto mía —el escote, un tobillo, el detalle de un muslo—, y le pedía que me mandara audios, palabras con la erre, porque Andrés tiene una manera muy suya de pronunciarla. Le decía que me moría de curiosidad por su lengua cuando hacía ese sonido. Casi siempre Andrés se quedaba callado en el teléfono después de eso. No estaba acostumbrado a las pláticas de doble sentido —que a mí me encantan— y entonces yo apretaba un poco más, para jugar. Me lo imaginaba poniéndose rojo cuando, a propósito, le torcía todo, metiendo alusiones en palabras y situaciones normales. Una vez lo oí tragar saliva del otro lado, un ruidito chiquito, involuntario, la garganta que se cierra. No pude evitar sonreír. En fin: jugaba con él.

Pero un día, después de colgar, no solté el teléfono. Se me quedó ahí en la mano, y me lo quedé viendo como a una puerta que no sabes si abrir. No pensaba en nada en particular. O sí: pensaba que con todos los demás lo había sabido por el olor. A ese muchacho todavía no lo había olido, y ya estaba marcando su número de nuevo sin entender por qué.

Eso debió ponerme sobre aviso. Pero no quise oír.

Capítulo 2

Valeria y la primavera

Valeria me quiere desde hace muchos años, lo suficiente para darse el lujo de tener curiosidad por mí sin envidiarme ni juzgarme.

Estábamos en el Martini de corso Venezia, sentadas en una mesa afuera, en el patio interior lleno de plantas. Me encantaba ese lugar en primavera. Era como ir a visitarla, a la primavera: te ponías un vestido ligero, las piernas desnudas, sin medias, te sentabas en la luz, entre todo ese verde, con Milán todavía apoyada sobre el asfalto gris del invierno y ya empezabas a verla cambiar. Era nada más una rendija a través del portón.

—¿Con quién te estás viendo ahora? ¿Todavía con el arquitecto?

Salía. Perdón. Cogía con Roberto desde hacía un par de meses, arquitecto romano de cuarenta y siete, que se había mudado a Milán hacía unos años. Estaba a gusto con él. Uno de los mejores hallazgos que me había regalado la base de datos del pecado, como la llamaba Valeria.

—Sí. Claro.

—Enséñamelo, que ya no me acuerdo —pidió, señalando el celular.

Valeria había sido mi confesora de cada cogida secreta de los últimos dos años, solo que, en lugar de ponerme una penitencia, con cada pecado nuevo me tranquilizaba. Una especie de cura honesto.

«¿La pasaste bien? ¿Te hizo sentir bien? Ni te preocupes, te absuelvo».

Había abierto el celular para enseñarle una foto del arquitecto cuando llegó un mensaje nuevo. Era el «buenos días» del muchacho.

—¡Mira qué lindo! —se me escapó, enseñándole la foto de su perfil de WhatsApp.

Ella frunció el ceño.

—¿Le das clases particulares o viene a jugar la Play con tu hijo?

Me solté riendo.

—¿Quién es? ¿Siquiera es mayor de edad?

—Tiene casi veinticinco años y vive en Cremona. Nada más le echo relajo por teléfono. ¡Cómo crees que ando saliendo con chamacos! —dije con un fingido tono de señora ofendida.

Valeria me quitó el celular, le echó otro vistazo a la foto de Andrés y agregó:

—¡Uy, está guapo el joven! Se ve prometedor…

—Sí. Está guapo.

—¡Pues ándale! Si es mayor de edad y no te van a meter al bote, ¿por qué no lo ves?

—¡Cómo crees! Me divierte, pero ni se me pasa por la cabeza. No es mi tipo —dije, recuperando el celular.

—Ojalá tuviera el valor de meterme yo también en esa página, carajo, cómo te envidio. Pero ya me conoces, yo, si no estoy enamorada, no puedo hacer nada con un hombre.

Valeria llevaba muchos años infelizmente casada y desde hacía dos arrastraba una relación clandestina todavía más infeliz con un excompañero de la escuela, una historia que no la prendía ni en la cama ni en la cabeza. Se había vuelto tan aburrida y tan jodida como otro matrimonio.

—Cuando quieras te digo cómo registrarte, así cortas con esa cosa de amante muerto que te cargas… Si te vas a conformar con un muerto, mejor cógete al que tienes en casa.

Nos reímos, cómplices. Las dos sabíamos que Valeria no se iba a registrar nunca porque era de las que solo cogían por amor, y se creía el cuento de que así estaba bien. Se le iluminó la pantalla del celular: el chat de los papás. Valeria se le fue encima con los pulgares, rapidísima. Fiesta de fin de cursos, regalos, playlist para los niños. Les contestaba a cinco mamás a la vez sin levantar la vista.

La miraba con la crueldad de la que se siente a salvo. Pensaba en todo lo que se había tragado: vergas, silencios, cenas con ese marido. Ella hablando y él mirando el celular, ella poniéndose el camisón nuevo y él volteándose para el otro lado. Pensaba en el amante que se le venía encima en tres minutos y luego le mandaba un corazoncito por WhatsApp. Y ella contestando con un corazoncito igualito, como si fuera suficiente. La boca y la panocha llenas de leche sin sacar nada a cambio. Ni un orgasmo que le hiciera olvidar su nombre y al final ni un pinche diez en la boleta.

Lo había hecho todo bien, Valeria. Los papás contentos, el novio correcto, la boda, los hijos. Cada casilla palomeada. Y ahora estaba ahí, con los cuarenta ya pasados, cogiéndose a un muerto para no dormir sola dentro de su propia vida. Si se hubiera quejado la habrían visto feo, si hubiera cogido por ganas la habrían llamado puta, y si no hacía nada —y Valeria no hacía nada— un día se iba a mirar al espejo y se iba a ver a su madre. Esa boca apretada, los labios cerrados. «Las mujeres decentes no hacen eso».

Mi madre también tenía esa boca. La recuerdo planchando de noche, en silencio, con la cara de una que ya dejó de esperar nada.

Valeria se levantó para ir al baño y yo pedí la cuenta. Después, a escondidas, tomé una foto a mis piernas desnudas cruzadas debajo de la mesa, se la mandé a Andrés con «¡Buenos días, muchacho!» y me quedé mirando la pantalla. Sonreí. Las palomitas azules me decían que había visto el mensaje y la foto. De inmediato. Como siempre.

Miré a mi amiga, que regresaba a la mesa. Tenía una cintura preciosa, estrecha sobre el culo abundante pero todavía alto a pesar de la edad. Cuánto me habría gustado saberla feliz. Mientras la veía regresar, la imaginé rompiendo con todo, el marido, el amante, los miedos. La vi con un vestido rojo, caminando descalza, sin voltear atrás, y por un instante me pareció verla así de verdad.

Cuando se sentó, se acomodó la falda con un gesto inconsciente. La miré fijo, sonriendo.

—¿Sabes qué? Deberías comprarte un vestido rojo. Estoy segura de que te quedaría divino.

Valeria levantó las cejas, confundida, con esa sonrisa que decía «estás loca».

Al salir, mientras caminábamos hacia San Babila, le guiñé el ojo y la tomé del brazo. Tardó un segundo en entender que estaba por confesarle algo más.

—No me digas que hay otro…

Asentí sonriendo.

—Cuéntame.

Los ojos prendidos de una niña frente al próximo cuento.

Le conté de Massimo. Un abogado de Florencia que había conocido la semana anterior. Alto, manos cuidadas, y esa manera de sentarse abierto en la silla que tienen los hombres acostumbrados a ocupar espacio. Cuando hablaba me miraba la boca, no los ojos. Hijo de un gran jurista, de esos que vienen en los manuales.

—¡Imagínate que estudié con los libros de su padre! Pero no es de los que viven de las rentas, se le ve en los ojos que quiere demostrar algo. Uno así en la cama no se guarda nada, y mañana en la tarde me lo cojo.

—¿Pero nunca se terminan estos hombres del sitio? —bromeó Valeria.

—Cuando se terminen me voy a encomendar al que el destino me ponga en el camino. Estoy segura de que la página de infieles no se va a ofender si le salgo infiel también a ella.

Nos reímos. Después le planté un beso tronado en el cachete y nos despedimos.

Volví a casa contenta. Primavera, mensajes en el teléfono, dos amantes en la lista y mi amiga que a lo mejor se compraba un vestido rojo.

Capítulo 3

Una propuesta indecente

Lo había ido a ver al hotel del centro donde se quedaba siempre que tenía audiencias en Milán. Era, la verdad, un hombre guapo. Lo miraba mientras estaba desnudo, boca abajo en la cama, en silencio. El celular en modo avión sobre el buró, junto al reloj, en dos horas no había tocado ni uno ni otro.

Yo también estaba desnuda, recostada contra la cabecera, las piernas estiradas sobre las sábanas, rozando las de un hombre al que conocía desde hacía unos días. Fumaba y lo miraba. Él respiraba despacio, relajado. Había conseguido lo que quería y ya no tenía que fingir.

Todos hacían igual. El abogado, el arquitecto, el que conocí en una fiesta, el que me presentó una amiga, los del sitio. Todos con los mismos discursos, las mismas poses, esa seguridad de hombre que hasta te explica lo que tú quieres, como si tú no lo supieras. Para cogerte sin gastar un peso montaban la actuación, cada quien a su manera, del mismo guion. Y después, después del sexo, se ponían serenos, tranquilos, casi de verdad, como si solo viniéndose lograran dejar de actuar.

En general había estado bien. Massimo se había esforzado bastante. Demasiado. Seguía el «Manual del perfecto cogedor», el ciclo de las posiciones básicas de todo buen porno que se respete —él arriba, yo arriba, de lado, en cuatro—, pero cambiaba de coreografía cada vez que estaba a punto de venirme. Parecía tenso, más atento a presumirme las acrobacias de las que era capaz que a disfrutar la cogida. Más de una vez estuve a punto de decirle «No hay ningún director escondido en el clóset, deja de hacer casting y cógeme», o «Si gimo es porque me gusta así, no es una forma de pedirte que me enseñes otra cosa». Pero si lo hubiera hecho, la buena verga que tenía entre las piernas se le habría desinflado sin remedio.

Tampoco es que lo conociera mucho, y Massimo no tenía pinta de dejarte con las ganas. Me habría llevado hasta la meta con la lengua o con las manos. Pero no era lo que yo quería. Después de todo, no puedes ofrecer un regalo de Navidad envuelto con todo y moño y luego no dejar que lo abran y lo disfruten, ¿no es verdad?

Así que, mientras me cogía otra vez en misionero, cuando sentí que iba a cambiar de posición de nuevo, pensé «¿Quiere demostrarme que es bueno? Pues digámoselo…». Lo apreté fuerte entre las piernas y le susurré un par de obscenidades al oído. Un «me haces sentir bien puta» o un «qué grande la tienes» son palabritas mágicas que con los tímidos hay que evitar, pero que con hombres como Massimo hacen un efecto fulminante. Y en efecto, desde ese momento empezó a darle con ganas, olvidándose de guiones y de directores imaginarios, mientras yo le mordía el cuello de vez en cuando. Me metió las manos bajo el culo, los dedos clavados en las nalgas, y se puso a darme duro y largo, como yo quería, libre de decirme cochinadas, libre de hacérmelas.

Me vine varias veces. Después se vino él también, y estoy segura de que de todo el repertorio de posiciones que me había reservado, la última, el misionero, fue la que más le gustó.

Ahora se quedaba ahí, callado, por fin relajado.

Adoro el silencio del después. Dos cuerpos quietos, cada uno en su lugar, sin necesidad de decir nada. Me lo saboreaba fumando despacio, sabiendo que se iba a acabar antes que mi cigarro.

—Eres extraordinaria —susurró Massimo con voz de seductor, estirando la mano para acariciarme la panza.

Ahí va. En el mejor de los casos me iba a preguntar cuándo nos volveríamos a ver; en el peor, iba a empezar a contarme de su vida, de su necesidad de calor y de color. Una cantaleta que en el fondo se podía traducir como «quiero chuparle el calor y el color a la tuya».

Apagué el cigarro y le pasé la mano por el pelo, invitándolo a ponerse boca arriba.

—¿Cenas conmigo? —me preguntó.

Le dije que sí y me le monté encima. Íbamos a cenar juntos, claro, y después no lo iba a volver a ver. No tenía ganas, pero antes de la cena iba a desenvolver y disfrutar al menos una vez más su regalo de Navidad.

Más tarde fuimos a Brera.

Massimo había escogido un lugar con velas en la mesa, por supuesto. Bastó una copa de vino para que volviera al modo «conquistador», como si el sexo no hubiera cambiado nada, como si siguiera en su actuación. Y por supuesto se había puesto a hablar de sí mismo. No la verdad, claro, sino una versión benévola que de tanto repetírsela ya se le había vuelto cierta. Los éxitos, los viajes, la esposa que no lo entendía. Todo aderezado con el estribillo de cuánto le hacía falta una mujer como yo.

Lo miraba y pensaba que era igual que todos los demás. Necesitaba que lo admirara, que lo consintiera, que le dijera lo increíble que era. Un niño que quiere una mamá que lo apapache, pero una mamá que le pare la verga. Y lo peor era que de verdad creía que por haberme cogido bien una noche me había dejado algo más que unas sábanas mojadas. No sabía que todo ese circo nada más me daba ganas de cerrar las piernas. Menos mal que no lo iba a volver a ver.

Hablaba y hablaba y a mí me costaba seguirle el hilo. Encima me estaba agarrando un dolor de cabeza que iba en aumento.

Y de pronto caí en la cuenta: ¡era culpa de su voz! ¡Eran los discursos infinitos que me echaba sobre su esposa, con un acento y una cadencia insoportables! Llevaba casi media hora despotricando sobre el monstruo de mujer que era, el monstruo de madre, el monstruo de esposa, y le sumaba detalle tras detalle.

Fue un relámpago.

Pensé en ella, en la vida vacía que ha de llevar al lado de ese tipo, rodeada de silencios incómodos y reproches sin fin, y me divirtió imaginar que pudiera ser «Nube79», o cualquier otro nick femenino de mi sitio de citas. Pensé que, de pura exasperación, tal vez se había registrado también y andaba cogiendo a diestra y siniestra. En el fondo, alguien tenía que disfrutarlo, ese matrimonio.

Aguantándome la risita, fingí que tenía que irme.

—Ay, perdón, discúlpame, no me di cuenta de lo tarde que es.

Ya me estaba despidiendo.

Él me tomó la mano.

—Qué lástima, pero bueno, en cuanto regrese a Milán te aviso. Quiero volver a verte. Hoy estuvo bellísimo.

Le di un beso en el cachete.

—Claro, estuvo bellísimo. Llámame en la semana.

Ya estaba en la puerta.

Cinco minutos después, en el taxi, ya había bloqueado su perfil y pasado el número a la larga lista de números bloqueados.

Guardé el teléfono en la bolsa. Ese encuentro me había fastidiado. Bajé la ventanilla y el aire de junio me entró caliente en el cuello, llevándose el olor de Massimo.

Volví a sacar el teléfono y le escribí al muchacho.

«¿Y si te hiciera una propuesta indecente?»

«Aceptaría», contestó sin agregar nada más.

«Renta un cuarto de hotel mañana en la noche. Mándame la dirección y el número de la habitación. Yo voy, y me prometes que me dejas olerte entero. Después a lo mejor vemos una película juntos.»

«Está bien. Lo hago.»

Releí esas palabras dos veces. Nada de negociar, nada de preguntar: y ahí seguía yo, con el pulgar clavado en la pantalla, sin saber qué escribir. Me sorprendió de verdad. No podía creer que hubiera aceptado así, sin reservas, una propuesta descabellada y hasta arriesgada: al fin y al cabo, yo era una perfecta desconocida. Mientras el taxi frenaba, me descubrí sonriendo. Era tan raro que alguien me agarrara desprevenid.

Capítulo 4

El trago

Me había puesto un vestidito elegante muy escotado, tacones de doce, el pelo recién salido del salón, y me había maquillado a conciencia. Apenas bajé del taxi frente al hotel, se me ocurrió que el recepcionista podría confundirme con una escort, pero la idea, en vez de avergonzarme o intimidarme, me prendió.

«Si me va a tomar por puta, que al menos me encuentre una puta bellísima», pensé. Me puse otra capa de labial, abrí un poco más el escote del vestido y entré al lobby con paso líquido.

Dije que iba a la habitación 110, que me esperaba un muchacho y que pagaba yo. El pensamiento «Es una puta» pasó sin duda por la cabeza del recepcionista, pero ese indicio —porque, a ver, las putas no piensan en pagar el cuarto, ¿o sí?— junto con la voz, el vestido, el anillo en el dedo, le iba sugiriendo que tal vez era una Señora… ¿Una Señora?

Me encantó haberlo dejado en ese aprieto. No se trata igual a las Señoras y a las putas.

Andrés miraba la escena desde la salita frente a la recepción. Se acercó titubeante.

—¿Tú eres Anna?

El recepcionista se sobresaltó. ¿Qué mujer sin nombre se hace esperar en un hotel, si no es una puta? Encontré endemoniadamente excitante el enredo en el que se debatía su cerebro.

Y además me excitaba Andrés, ese muchacho tan atractivo, más guapo en vivo que en las fotos, tan distinto de mis amantes de siempre. Joven, alto, un cuerpo magnífico y los ojos intimidados.

—Soy yo —contesté.

Me acerqué con la boca a su oreja, alzándome apenas en los tacones, rozando un poco el culo contra el mostrador, casi en la cara del recepcionista.

—Antes de subir al cuarto quiero tomarme un trago en el bar de aquí enfrente.

Después puse la identificación sobre el mostrador de la recepción, con seguridad. El recepcionista leyó mi edad y el estado civil de casada, miró el escote, no entendió ni madres, farfulló algo de las fotocopias, después, sí, gracias… Y estoy lista para jurar que, a la altura de la entrepierna, algo se le estaba despertando de su presunto letargo.

Nos sentamos en una mesa del bar de enfrente del hotel.

Mi dedo recorría despacio el borde de la copa de Campari. Frío. Rojo. Brillante.

El muchacho estaba sentado rígido, las piernas ancladas a la silla. Nervioso, casi desconfiado. Lo miraba fijo, saboreándome cada instante de su incomodidad.

Dejé de mirarlo y me puse a seguir con los ojos el movimiento de mi dedo sobre el borde de la copa, la uña roja que rayaba el cristal. Quería parecer aburrida, pero estaba atentísima. Sentía su mirada y su emoción. De vez en cuando levantaba la cara y le clavaba los ojos en los ojos. Ojos de mujer de cuarenta y cuatro años, descarada, segura, dentro de los ojos de un muchacho emocionado.

Qué escena, me la veía desde afuera. Habría querido estar en otra parte mirándola, y mojarme.

Me preguntó a qué me dedicaba. Se lo dije. Él asintió como si hubiera entendido, pero los ojos se le habían escapado al escote y no habían vuelto a tiempo. Se pasó una mano por la nuca —el gesto de los muchachitos— y cambió de tema. No tenía la menor experiencia en este tipo de citas y no sabía disimularlo. Me divertía.

Empecé a estudiarlo a detalle. Era moreno de piel clara, ojos oscuros, una sonrisa que le temblaba encima. Y los hombros anchos, los brazos musculosos, las manos firmes. Cambié de postura, me arqueé hacia adelante para mirarlo mejor, descaradamente.

Y entre más lo miraba, más me gustaba. Entre más lo miraba, más me gustaba yo.

Y yo le gustaba a él.

A pesar de la leve desconfianza que de vez en cuando se le veía en la cara, a pesar de la incredulidad por cómo iba avanzando la cita, los ojos y la voz no lograban esconder la emoción. En un momento alargó la mano para tomar la copa y le temblaba. No lo escondió, ni siquiera lo intentó. Me miró y se encogió de hombros, como diciendo: «soy así».

Ese gesto me llegó al vientre. No me lo esperaba: contaba con jugar a coquetear con un muchachito, no con sentírmelo llegar adentro así.

Me atraía tanto aquel candor mezclado con la excitación, una timidez que había cedido a las ganas de atreverse. Porque quizá él esperaba solo dejarse oler, o ver una película, o quedarse con la verga parada y los huevos cargados sin nada más…

Un par de veces lo caché clavándome los ojos en las piernas. Un par de veces le sonreí. Cada vez él se ponía rojo y yo, verga, me descubrí pensando «Te quiero». Mejor dicho, no. «Te deseo muchísimo».

Me puse a contarle de algún encuentro mío con los hombres del sitio sin ahorrarle los detalles escabrosos, dándole tragos al Campari, acompañando las historias con una mirada descarada. Justo como esperaba, Andrés se ponía rojo y bajaba los ojos. Era tierno. Yo me reía y lo acosaba a preguntas, metiéndole alguna palabra «fuerte».

—¿Ya conociste a otras mujeres del sitio?

—¿Pero te las cogiste?

Él parpadeó y bajó la mirada. Me incliné un poco más sobre la mesa, jugueteando con el borde de la copa.

—¿Por qué te gustan las más grandes?

Silencio. Sonreí.

—¿Te has masturbado por teléfono con alguna de ellas?

Él tragó saliva.

—¿Y pensando en mí?

Lo obligaba a mirarme cuando bajaba los ojos. Cuando estaba segura de haber capturado otra vez su mirada, me callaba, me ponía seria, hacía un puchero con la boca y pasaba despacio la punta de la lengua sobre el labio. Él volvía a bajar los ojos y tenía un temblor en la respiración, como si la emoción que hasta ese momento tenía en la garganta de pronto se le bajara a hincharle la verga. Me gustaba muchísimo pensar que se sentía así, prendido desde la garganta hasta la verga.

Una vez lo caché mirándome no los ojos, sino la boca. Tardó un instante de más en subir la mirada, y en ese instante lo vi: ya no nada más se ponía rojo, se había inclinado hacia mí sin darse cuenta, el cuerpo se le movía sin pedir permiso a la cabeza.

Le pregunté algo, no me acuerdo qué, otra de mis provocaciones, y él no bajó los ojos. Me miró. Quieto. No descarado, no seguro. Quieto. Como si por un segundo hubiera dejado de tener miedo y me hubiera visto de verdad. Se me encogió el estómago. Duró poco. Él apartó la mirada, volvió el muchachito tímido, y el momento pasó. Pero yo lo había sentido. Algo que no tenía que ver con el candor, ni con la inexperiencia.

Algo que, decidí, dentro de poco le iba a arrancar con la lengua.

Capítulo 5

A paso de danza

No me lo imaginaba, lo juro. Caminando con él hacia la 110, casi en silencio, yo sabiendo perfectamente qué hacer, él claramente no, en lo último que podía pensar era en cómo iba a terminar. Caminaba un paso detrás de él, a propósito. Quería que sintiera mi mirada encima, que tuviera claro que estaba en un baile donde la que marcaba el ritmo era yo, aunque fuera él quien me abría camino.

Le miraba la espalda y pensaba. Él tiene veinticuatro años. Yo los veinticuatro los tuve, y después los gasté. Dos maridos, el primero cuando todavía no acababa la carrera. Tres hijos: uno grande, adulto y maravilloso, hecho sin pensarlo un segundo; dos chicos, deseados y luminosos de posibilidades. El título a los veintidós, y luego lo de siempre: cursos, exámenes, oposiciones, certificaciones. Despacho en el centro, clientes enormes, diez horas al día de trabajo. Una vida entera sin conformarme, con la cabeza prendida para no atontarme. Y era justo eso, la misma hambre de no quedarme quieta, lo que me hacía caminar por ese pasillo detrás de un muchacho que de mí no sabía nada.

En ese momento todavía no lo sabía. No lo sabía. Y era lo más hermoso de él.

Lo veía por su forma de caminar, sin poses, sin la rigidez calculada de los hombres que yo conocía, esos que hasta en un pasillo de hotel avanzaban como si alguien los estuviera calificando. Andrés caminaba con la incomodidad encima sin intentar esconderla. Se le notaba en los hombros, ligeramente cerrados, en el paso que dudaba un instante antes de cada puerta. Y esa manera de avanzar sin máscara hacia algo que lo arrollaba me gustaba mucho. No estaba actuando. No se pavoneaba, no aminoraba el paso para esperarme, no volteaba con la sonrisa estudiada que todos los demás a esas alturas ya hubieran sacado. Simplemente caminaba, nervioso, sin saber qué hacer con las manos. Le miraba la nuca y sentía unas ganas locas de acercarme y olerlo ahí, justo ahí, en ese pedazo de piel entre el cuello y el pelo. No lo hice. Pero las ganas me acompañaron hasta la 110 como un animal caliente pegado a las piernas.

En ese pasillo, con la alfombra que amortiguaba mis tacones y su espalda adelante, algo no me cuadraba. Sabía exactamente qué iba a pasar en ese cuarto, lo había hecho decenas de veces. Lo sabía. Pero nunca había caminado así hacia una puerta. Me pregunté qué verga hacía un muchacho así en un sitio de casados pudiendo cogerse a cualquier mujer de su edad. Pero mirándole la espalda me sentía entera. Quizá él también me vio así, y por eso ahora estaba en ese pasillo conmigo.

Sí. Quizá nos habíamos olido, y ahora por eso le caminaba detrás, clavándole la mirada en la nuca y muriéndome de ganas de hundir la nariz ahí.

La 110 estaba al fondo del pasillo. Entramos.

Andrés tenía un aire torpe, hasta indeciso. Decidí avergonzarlo todavía más. Me puse seria, casi molesta, y me moví por el cuarto presumiendo soltura. Estábamos en silencio, solo el ruido de mis tacones contra el piso.

—Voy al baño —dije.

Me encerré. Escuchaba sus movimientos del otro lado de la puerta. Me lo imaginaba vagando por el cuarto preguntándose si estaba enojada y por qué, si había dicho algo fuera de lugar. Me fumé un cigarro sonriéndome socarrona en el espejo.

Cuando salí el cuarto estaba a oscuras. Andrés se había sentado en la cama frente a la tele sintonizada en ningún canal.

—¿Está bueno lo que estás viendo? —le pregunté llamándolo por el apellido.

Luego me planté de pie entre él y la tele, con el culo a la altura de su cara, repitiéndole:

—¿Está bueno lo que estás viendo? ¿Mejor que esto?

Él balbuceó algo que no entendí mientras yo, como si fuera lo más natural del mundo, me quitaba el vestido. Me acosté boca arriba, en sostén y calzones nada más.

—¿No vienes? —le dije.

Se acercó, luego volvió a sentarse. Se quitó los zapatos. Se recostó de lado, la cara hacia mí. Carajo, qué emocionado estaba. Me parecía sentir toda su turbación.

Acercó la cara a la mía. Me quedé suspendida, inmóvil. Luego me aparté de golpe.

—Perdón, no es que te fuera a besar. Solo quería sentir tu olor. Perdón.

Su voz temblándole me entró adentro. «Mira nada más el muchacho», pensé. «Me quería oler…»

Me fui poniendo despacio a horcajadas sobre él.

—Espero que estés tomando apuntes, muchacho. Esto no te lo enseñan en la universidad —le dije bajito.

Le acerqué los dedos a la cara. Le recorrí los contornos: la frente, las cejas, los párpados, la nariz, la curva de los labios, los cachetes, el hueso de la mandíbula. Luego me agaché a olerlo, con su aliento haciéndome cosquillas en el cuello. Lo olí por todos lados.

Andrés seguía completamente vestido. En las partes del cuerpo que tenía descubiertas lo olía despacio, suave; en el pecho y las piernas, donde tenía playera y pantalón, olía con fuerza, restregando nariz y labios contra la tela como un perro que olfatea un rastro. Al final le olí la bragueta. Empujaba con la nariz contra la entrepierna tensando la tela del pantalón, apoyando ahí el cachete para sentir abajo el bulto de la verga ya dura. Me quedé un rato quieta y estiré las manos hacia arriba, metiéndole los dedos en la boca.

Luego me levanté, volví a montarme sobre él y le tomé la cara entre las manos. Lo miré a los ojos. Tenía las pupilas tan dilatadas que ya no le veía el iris. Parecían dos lagos negros.

Me puso las manos en la frente, en las sienes, y me invadió una sensación dulcísima. Bajé a besarle la boca. Un beso suave y profundo.

«Demasiado dulce…», pensé. Era una sensación extraña, tan rara que me dio miedo. Resistí. Me negué a cerrar los ojos y dejarme caer adentro. Me separé y empecé a desnudarlo con urgencia, como retomando el control. Y así fuera la playera, en acción mis dedos frenéticos en los botones de los jeans.

Él de vez en cuando me detenía, volvía a ponerme las manos en las sienes, a mirarme con esos ojos inmensos, y cada vez me tragaba esa sensación de dulzura mezclada con asombro. No podía evitar sonreírle y besarlo otra vez en la boca.

Estábamos en un fotograma de miel.

«Demasiado dulce. Demasiado todo», pensé de nuevo. Y de nuevo intenté resistir, volviendo a desnudarlo frenéticamente. Fuera el pantalón, fuera los calzoncillos.

Estaba completamente desnudo ahora, acostado, su erección perfecta. Nos abrazamos y rodamos en la cama cambiando posiciones. Ahora era él encima de mí. Cuánta vida en esos ojos, cuánta dulzura, cuánto deseo. Era guapo de una manera que dolía. Me temblaban las manos. Hacía mucho que no me temblaban las manos. Se las puse en las nalgas y lo llamé por el apellido.

—Dámela en la boca —le dije, invitándolo con las manos a ponerse a horcajadas sobre mi pecho y a apuntarme la verga a la cara. Lo vi abrir los ojos enormes, ese negro inmenso de sus pupilas que se agrandaba más. Me hizo caso de inmediato.

Tenía su verga hinchada frente a los ojos. Empecé a pasarle los dedos entre el vello, a recorrer con las yemas las líneas de las venas saltadas en el tronco, luego la cabeza, mientras lo respiraba fuerte, alimentándome de su olor.

Levanté la cara para restregarme bien la verga en la cara, en los párpados, en los cachetes, en los labios cerrados. Restregaba y olía. Andrés me miraba, calentísimo y un poco perdido, luego volvía a sostenerme las sienes con las manos, a hundir los ojos en los míos, a caer en el fotograma de miel.

De nuevo me obligué a sacudirme de encima esa sensación de dulzura que me invadía. Levanté los brazos, agarré la cabecera de la cama y lo invité a inmovilizarme.

—Cógeme la boca —ordené.

Me acercó la punta a los labios y yo los entreabrí para recibirlo. Entraba y salía de mi boca, cada vez más adentro con cada embestida. Movía la lengua de modo que le acariciara la cabeza, el frenillo y el tronco en cada empuje, doblaba el cuello para favorecerlo, para que resbalara entre lengua y paladar, para que llegara a la garganta hasta hacerme lagrimear. Cuando sentí los huevos golpeándome la barbilla, empecé a mamarlo con ritmo, acompañando el movimiento con la lengua. Me gustaba tanto que abrí las piernas de par en par y empecé a mover la cadera. No dejaba de mirarle los ojos. Había momentos en que los abría enormes y momentos en que los entrecerraba echando la cabeza para atrás. Luego volvía a buscar los míos.

Latía con fuerza y entendí que estaba por venirse. Capté cierta reticencia, quizá estaba inseguro, quizá no sabía si podía venírseme en la boca, si tenía que sacarla o qué. Solté las manos de la cabecera de la cama y busqué las suyas que me sujetaban los brazos. Se las apreté fuerte. Con la verga llenándome la boca hice un par de veces que sí con la cabeza, animándolo a soltarse, a rendirse a mi boca. Era lo único que le estaba pidiendo, y él todavía no sabía que era lo más difícil. Esos ojos enormes y negros se le velaron, los párpados luchando por quedarse abiertos, la mirada perdiendo el foco, mientras su verga empezaba a latir más fuerte y a soltarme su leche en la garganta.

Mamaba, acompañando la oleada de los chorros de leche caliente y dulce, mamaba y presionaba la lengua contra el tronco para apaciguar y acariciar los estremecimientos, mamaba y tragaba mientras con las manos le apretaba las suyas que temblaban.

Me parecía mamarle el alma.

Fue una noche larga.

Lo hice mío y fui suya varias veces. En silencio. Siempre era yo la que decidía momentos y posiciones.

Me puse en cuatro frente al espejo y lo incité a montarme por detrás, invitándolo a mirar mi cara reflejada. Me monté encima de él, ensartándome sobre él y meciéndome de adelante para atrás. Lo hice ponerse de pie: «Quiero mamártela de rodillas y quiero que te mires en el espejo. Tienes que darte cuenta de lo bonito que estás». Había decidido todo yo. Cogérmelo. Cómo cogérmelo. De cuántas formas y cuántas veces cogérmelo.

Pero no había ganado.

Lo entendí por su abrazo después de venirnos juntos, yo todavía en cuatro y él pesado detrás de mí. Abrazados furiosamente, casi dolorosamente, como dos sobrevivientes de un naufragio, seguros de haberse salvado, vivos y felices.

Capítulo 6

Desvíos

Ese verano los niños iban y volvían de la playa con mi marido, yo me quedaba en Milán con el trabajo y el sitio abierto. Casada estaba y casada seguía. No había nada que no funcionara, salvo el hecho de que funcionaba todo sin que yo estuviera dentro.

Seguía viendo hombres. Uno duraba una semana, otro dos, alguno un mes. Me los llevaba a la cama y a la mañana siguiente no recordaba el sabor de su boca. Andrés era todavía, en mis intenciones, uno entre tantos. Y sin embargo, de los que vi entre el primer encuentro con él y el momento en que nuestra historia se asentó, me quedan en la cabeza cuartos de hotel todos iguales, sábanas blancas, minibar, la luz del baño dejada prendida. Las caras no. Las caras las perdí.

Si me acuerdo bien de uno es porque fue penoso. El único casting que salió mal.

Gianluca era un cuarentón atractivo, ocurrente. Tenía un timing perfecto, la respuesta siempre a la mano. De esos que en el bar te hacen reír y piensas: en la cama va a ser igual. No era igual. Me tocaba con fogosidad y sin oído, el tipo que te besa fuerte convencido de que fuerte es mejor, que te agarra las tetas como si fueran suyas y no se da cuenta de que te pusiste tiesa.

Y encima acababa de volada.

La primera de las dos veces que cogimos, en la única tarde que pasamos juntos, se vino prácticamente diez segundos después de habérmela metido. Me abrazó.

—Estaba muy emocionado, me gustas mucho.

Le devolví el abrazo y le acaricié la espalda como se hace con un niño después de una pesadilla. No por él, sino por mí, porque no quería haber tirado una tarde a la basura.

La segunda vez duró tal vez cinco segundos más que la primera.

—Te deseaba demasiado —se justificó.

Pero fue cuando agregó, ufano, «pero estuvo mejor que la primera, ¿no?», cuando entendí. Cinco segundos más y se ponía calificación aprobatoria.

Cuántas veces me había aguantado la misma escena. El abrazo de después, la vocecita dulce, el «no te preocupes, amor», guardándome el coraje para el taxi de vuelta. Cuántas veces me había quedado ahí consintiéndole el ego como si fuera tarea mía, como si su verga mereciera toda mi paciencia y mi placer no mereciera ni diez segundos más.

Por eso no le escuché una tercera disculpa. Me divertí calentándolo con las manos, con toda lucidez, llevándolo cerquita del punto de no retorno para cortarle todo en lo mejor, levantarme de la cama, vestirme e irme, dejándolo ahí, desnudo y con la verga parada, a acabar solo si tantas ganas tenía.

Con otros en la cama había ido mejor, al menos en duración y tamaño de la verga, las dos únicas cosas de las que los hombres presumen en la mañana. Pero ninguna de aquellas experiencias había borrado la huella del muchacho.

Adentro de mí sonaba la alarma del peligro y yo hacía como que no la oía. No le pedía que nos viéramos cada vez que lo deseaba. Desviaba mis ganas hacia el amante en turno, más experto, más conveniente. Me cogía a cualquiera para no llamarlo a él. Me forzaba.

De vez en cuando, sin embargo, no aguantaba, y nos veíamos.

Tenía ganas de esa dulzura espesa como miel. No sabía dónde meter esas ganas. Con los otros había un antes y un después, antes el deseo y después el taxi. Bastaba con vestirse. Con Andrés el después no terminaba. Se pegaba, como un perfume que no se quita ni con el regaderazo. Me llevaba todo a casa: el olor, el calor, y unas ganas raras de quedarme sin nada encima incluso después, incluso sola, como si mi cuerpo ya no quisiera taparse.

Era incómoda e inquietante, esa cosa. Mandaba a la chingada mis planes de pecadora eficiente y organizada. No pedía nada. Y yo no sabía cómo defenderme de algo que no pide nada.

«Una vez más», me decía. ¿Por qué negármela? Una vez más. Solo una.

Lo demás está en el diario.

Sigue leyendo Desnuda.

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