A quien desea.
A quien ama sin permiso.
Porque la felicidad se perdona menos que el dolor.

Capítulo 1
Bienvenida al sitio n° 1 de encuentros entre personas casadas.
Una aventura a la vuelta de casa o un amante a mil kilómetros:
un espacio protegido para infieles de todo el mundo.
¿Tenés ganas de un encuentro extraconyugal?
Llegó el momento.
Un sitio de encuentros. Abiertamente para infieles. ¿Me interesaba? Capaz. Aventuras había tenido siempre, para una mujer linda es fácil. Pero hacía un tiempo que no pasaba nada nuevo. Me tenía podrida el libreto, el levante, lo incómodo del final y, sobre todo, el juicio. Porque a cualquier hombre, hasta al más infiel, le gusta pensar que estás engañando a tu marido por él. Que fue él quien te hizo caer. Y cuando se da cuenta de que habías hecho todo vos —elegido vos, seducido vos, empezado vos— se le cambia la cara. Se la agarra con vos. Y te juzga.
Una página hecha para eso. Cartas sobre la mesa desde el minuto uno. ¿Por qué no? Sin teatro. Sin ambigüedad.
Pensado cada día por un equipo 100% femenino.
Les damos el poder a las mujeres casadas
que buscan encuentros extraconyugales
con total discreción.
Con total discreción… Sí, cómo no. ¿Pensado por un equipo femenino? Dejate de joder, seguro hay más de un tipo atrás. Y me dije:
«Dale, ¿y por qué no? Capaz que funciona. Eso sí, te hace falta un nombre falso… Anna Rossi. No, demasiado corriente. ¿Anna de la Vega? Suena a telenovela. Anna Valiente… va mejorando, pero no termina de convencer. ¿Anna Fiera? Casi, pero no. Esperá, a ver… Anna Salvaje. Eso. Anna Salvaje».
Así fue como me anoté, para probar, sin expectativas ni arrepentimientos. Era un juego, un atajo. Y tengo que admitir que funciona.
O mejor dicho, funcionaba. Con hombres casados, cuarentones, hechos y derechos, elegantes, brillantes. Un circuito más rápido: aperitivo, cena, hotel. Unas semanas, un mes o dos como mucho. Después se acababa, y ese amante iba a parar a la misma bolsa que los demás, gente de la que apenas me acuerdo el nombre. Ni una imagen, ni un sueño, ni una idea. Eso sí, yo sabía jugar. Y sí que sabía. Al menos mientras el juego funcionó.
Pero ¿cuántas se había cogido el Príncipe Azul antes de vivir feliz y comer perdices? ¿Y después? El cuento no lo dice. Él es un conquistador y nosotras somos putas. Vivimos en un cuartito con un palacio a disposición. Y ay de la que salga. Yo lo sabía bien: cada vez que me pescaban con algún mensaje de otro, la cara del tipo no era de dolor. Era de asco. Como si de golpe me hubiera convertido en otra. En cambio cuando la que agarraba un mensaje era yo, todos a decirme que exageraba, que esas cosas pasan. Así que decidí salir del cuartito y ese palacio agarrármelo entero.
El sistema es una pavada. Te escribe alguien, le mirás la ficha, contestás o no. Nadie se ofende. Pero si se enganchan, paciencia.
La mayoría de los usuarios tardaba semanas en verse. Chateaban, intercambiaban signos del zodíaco y colores favoritos. Yo no estaba para esas pelotudeces. Yo quería olerlo, al hombre al que había decidido contestarle. Nos veíamos en un café y lo sometía a examen.
«Casting para mi cama». Así les decía a esos encuentros preliminares cuando se los contaba a Valeria, la única amiga que sabía de mi doble vida.
Porque por teléfono no entendés nada. Podés mandar fotos, audios, desnudarte en una pantalla. Pero el otro es un invento tuyo. Te armás una película en la cabeza —su boca, sus manos, cómo te tocaría— y él, del otro lado, se arma otra. Después se ven y no es él. Tampoco es ella. Hablaste un mes y resulta que ni te gusta. Porque hasta que no haya mirada y voz sin micrófono no lo podés saber. Y sobre todo no lo podés saber si falta el olor.
Ese bendito olor es siempre lo primero que me tiene que gustar de un hombre, si quiero llevármelo a la cama. Me alcanzan cinco minutos para saber si puede funcionar. Por eso era fundamental verse enseguida: si el tipo no me gustaba no había perdido nada más que el tiempo de un café, o como mucho de un almuerzo. ¿Qué sentido tenía dar tantas vueltas antes de olerse? Si la charla hubiera estado buena, imaginate la decepción al encontrarte y que el olor no esté.
Buscaba amantes, no amigos.
Cuando el tipo pasaba el casting, en la segunda cita casi siempre se cogía. Si el sexo estaba bien nos seguíamos viendo unas semanas hasta que me aburría. Me lo decía el olor. En algún momento el olor del amante de turno se volvía neutro, casi inexistente, como el aire de un cuarto donde ya estuviste demasiado. No me daba asco. Se borraba. Y cuando el cuerpo de un hombre ya no tiene olor para vos, podés seguir cogiéndotelo, pero es como comer sin hambre. Ahí cortaba y arrancaba de nuevo. El último se llamaba Marco, o Matteo, algo con M. Me había cogido bien, nada que criticarle. Dos horas en un hotel atrás de Cadorna, sábanas lindas, baño con los productos en miniatura. Mientras se vestía, le pasé cerca para agarrar la cartera de la mesita de luz. Pero nada. Ningún olor. Lo miré ponerse la camisa, abotonársela de abajo para arriba, el gesto automático, y pensé: ¿cuándo dejó de tener olor? ¿Hoy? ¿La vez pasada? ¿O nunca lo tuvo y recién me doy cuenta? Le di un beso en la mejilla, de esos que le das a un compañero de trabajo después de un almuerzo, salí y ya sabía que no lo iba a volver a ver.
Polvos con calma en la penumbra de un cuarto de hotel, o parada en el baño de un restaurante, con más ganas de comernos que de comer. Sexo y punto. Sin complicaciones, sin vueltas, sin malentendidos. Y saber que podía, en cualquier momento, levantarme, vestirme y rajar sin explicar nada ni rendirle cuentas a nadie.
Que fueran casados era una garantía. Podía aceptar, rechazar, patear para adelante y no armaban quilombo. Lo importante era tener cuidado. Un celular aparte, un nombre falso, nunca dos veces el mismo hotel. Y un procedimiento preciso para después. Ducha en el hotel, siempre. Shampoo, jabón, mi perfume puesto de nuevo desde cero. En el taxi chequeaba: cuello, muñecas, pelo. Si me quedaba algún olor que no era mío, bajaba la ventanilla y dejaba que el viento me limpiara hasta llegar a casa. Llaves. Pasillo oscuro. Zapatos sacados en la entrada para no hacer ruido. Si mi marido todavía estaba despierto, iba a la cocina, me servía un vaso de agua, suspiraba «reunión larga», y mi voz sonaba normal, porque era normal. Era la misma mujer. Solo me había cambiado los zapatos.
Casi todos se habían casado con una «que no jode», de esas criadas con casitas para armar y muñequitos para vestir. No podían estar más equivocados. Si supieran cuántas de esas mujeres me crucé en los reservados. Lo único insoportable era ese ego inflado como un globo, esa costumbre de explicarme las cosas, como diciéndome «¿Viste lo bueno que soy? ¿Qué suerte que tenés, nena?» Pero no era más que un detalle, si tenían una buena pija y la sabían usar, los perdonaba encantada. Después estaban los tímidos, tipos que habían apostado todo a la carrera y llegaban a los cuarenta y pico muertos de miedo, con el aliento de quien aguantó la respiración demasiado tiempo. Tenían la costumbre de mandarme mensajitos y hacerse los románticos, armando una relación empalagosa que ninguno de los dos quería realmente, y yo los bancaba una vez al mes, como mucho, cuando pasaban por Milán, porque en el fondo había algo conmovedor en la forma en que se sentaban al borde de la cama a buscar las palabras justas antes de tocarme. Los más adecuados eran mis iguales, hombres que me cogían con ganas, sin contarme ni contarse cuentos. Ya se sabe, puta en masculino se dice gran cogedor.
Sexo apasionado. Atento y generoso. Dura al toque y para rato. ¿Alguno tomaba Viagra para mantenerla parada? A muchas mujeres eso les da vergüenza y les baja la autoestima; a mí no. La pija a media máquina no tiene gracia ni cuando estás enamorada, imaginate cuando el tipo te da lo mismo, dan ganas de llorar.
En cualquier caso, fuera quien fuera el amante de turno, mi vida secreta quedaba separada de la de todos los días. No se tocaban. Dormía tranquila a la noche, sin remordimientos, sin necesidad de analistas ni confesores. Salía de una cama y entraba en otra como quien se cambia de zapatos.
Y así fue, entre una aventura y otra, durante dos años. Dos años de hoteles con las cortinas cerradas y taxis de vuelta en los que ya no me acordaba de las caras. Dos años en los que ningún hombre me dejó una marca, un insomnio, o un motivo por el que mirar el celular dos veces.
Hasta que una noche de fines de mayo, tarde, me encontré tirada en el sillón con los pies descalzos sobre el apoyabrazos y el vestido del laburo todavía puesto, el cierre abierto en el costado porque no tenía ganas de cambiarme. Pasaba el pulgar por la página como se pasa por un menú sin hambre, el gesto de cada noche, distraída, con la tele prendida en nada y la copa de vino en el piso, cuando me escribió un tal Andrés.
No sé por qué lo hizo ni por qué le contesté, no tenía nada que ver con el perfil que buscaba. Es más, alguien así ni tendría que haber estado en un sitio como ese. Con uno tan distinto a vos puede ser difícil coger aunque sea una vez, ¿no? Y Andrés era un pendejo, veinticuatro años, soltero, estudiante. A ese tipo de usuario no se le contestaba nunca.
Me había escrito un chiste pedorro y no me aguanté, le marqué lo flojo del comentario. De algún modo, quería rebajarlo. Supongo que le envidiaba esos veinticuatro años y me burlaba porque podía. Pero él se había disculpado por el chiste y lo había hecho en un italiano más que correcto. Ah, el italiano correcto… Qué sexy que es…
Del chat de la aplicación pasamos a los mensajes en el celular, de ahí a las llamadas. No tenía la más mínima intención de verlo: demasiado fuera de mi tipo. Pero llamarlo cada tanto me gustaba, me divertía ponerlo incómodo, mandarle alguna foto mía —el escote, un tobillo, el detalle de un muslo—, y le pedía audios, palabras con la erre, porque Andrés tiene un modo muy suyo de pronunciarla. Le decía que me moría de curiosidad por su lengua mientras hacía ese sonido. Generalmente, después de esas bromitas, Andrés se quedaba mudo del otro lado. No estaba acostumbrado a conversaciones cargadas de doble sentido —que a mí me encantan— y entonces para seguir jugando yo redoblaba la apuesta. Me lo imaginaba poniéndose colorado cuando me equivocaba a propósito, metiendo doble sentido en cosas normales. Una vez lo escuché tragar del otro lado, un sonido chiquito, involuntario, la garganta que se cierra. Se me escapó una sonrisa. Lo jodía nada más.
Pero una noche, después de cortar, no largué el celular. Se quedó ahí en mi mano y yo lo miraba como se mira una puerta que no sabés si abrir. No pensaba en nada concreto. O sí, pensaba que con todos los demás lo había sabido por el olor. A este pibe todavía no lo había olido y ya estaba marcando su número sin entender por qué.
Eso tendría que haberme puesto alerta. Pero no quise escuchar.
Capítulo 2
Valeria y la primavera
Valeria me quiere desde hace muchos años. Lo suficiente como para permitirse curiosear conmigo sin envidiarme ni juzgarme.
Estábamos en el Martini de corso Venezia, sentadas en una mesa afuera, en el patio interno lleno de plantas. Me encantaba ese lugar en primavera. Era como ir a visitarla, a la primavera. Te ponías un vestido liviano, las piernas desnudas, sin medias, te sentabas al sol, entre ese verde, con Milán todavía apoyada en el asfalto gris del invierno, y vos ya empezabas a ver cómo iba a cambiar. Era apenas una rendija a través del portón.
—¿Con quién te estás viendo ahora? ¿Todavía con el arquitecto?
Salía. Perdón. Cogía desde hacía un par de meses con Roberto, un arquitecto romano de cuarenta y siete que se había mudado a Milán hacía unos años. La pasaba bien con él. Uno de los mejores hallazgos que la «base de datos del pecado», como la llamaba Valeria, me había regalado.
—Sí. Obvio.
—Mostrámelo, que no me acuerdo cómo es —pidió señalándome el celular.
Valeria había sido mi confidente y confesora de cada cogida secreta de los últimos dos años, solo que, en lugar de ponerme en penitencia, con cada pecado nuevo se ponía de mi lado.
—¿La pasaste bien? ¿Te hizo sentir cómoda? Mandalo a cagar, quedás absuelta.
Había abierto el celular para mostrarle una foto del arquitecto cuando me llegó un mensaje nuevo. Era el «buen día» del pibe.
—¡Mirá qué tierno! —se me escapó, mostrándole la foto de su perfil en WhatsApp.
Frunció el entrecejo.
—¿Le estás dando clases particulares o juega a la Play con tu hijo?
Me tenté.
—¿Quién es? ¿Es mayor de edad?
—Tiene casi veinticinco y vive en Cremona. Boludeo de vez en cuando con él por teléfono, nada más. ¡Mirá si me voy a estar viendo con pendejos! —dije haciéndome la ofendida.
Valeria me sacó el celular, se quedó mirando la foto de Andrés otro rato y largó:
—Uh, está muy bien el pibe. Promete…
—Sí. Es lindo.
—¡Y bueno, dale! Si es mayor de edad y no hay riesgo de que vayas en cana, ¿por qué no lo conocés?
—¡Dejá! Me divierte, pero ni se me ocurriría. No es mi target. —Le saqué el celular de la mano.
—Cómo me gustaría animarme a meterme yo también en esa página, qué envidia que te tengo. Pero ya sabés, yo, si no estoy enamorada, no puedo hacer nada con nadie.
Valeria llevaba muchos años infelizmente casada y desde hacía dos arrastraba una relación paralela todavía más infeliz con un excompañero de colegio. Una historia que no la entusiasmaba ni en la cama ni afuera. Se había vuelto aburrida y jodida como otro matrimonio.
—Cuando quieras te explico cómo anotarte, así cortás con esa especie de amante muerto que tenés… Si te vas a conformar con un muerto, más vale cogete al que tenés en tu casa.
Nos reímos cómplices. Las dos sabíamos que Valeria no se iba a registrar nunca, porque era de las que cogía solo por amor, y se contaba a sí misma que estaba bien así. Se le prendió el celular: el chat de padres. Valeria se metió de cabeza con los pulgares, velocísima. Fiesta de fin de año, regalos, playlist para los niños. Le contestaba a cinco madres a la vez sin levantar la vista.
La miraba con la crueldad de quien se siente a salvo. Pensaba en todo lo que se había tragado: pijas, silencios, cenas con ese marido. Ella hablando y él mirando el celular, ella poniéndose el camisón nuevo y él dándose vuelta para el otro lado. Pensaba en el amante que le acababa encima en tres minutos y después le mandaba un corazoncito por WhatsApp. Y ella que contestaba con un corazoncito igual, como si fuera suficiente. La boca y la concha llenas de leche sin sacar nada. Ni un orgasmo que le hiciera olvidar el nombre y al final ni una pija de diez en la libreta.
Lo había hecho todo bien, Valeria. Los padres contentos, el novio correcto, el casamiento, los hijos. Cada casillero marcado. Y ahora estaba ahí, pasados los cuarenta, cogiéndose un muerto para no dormirse sola adentro de su propia vida. Si se quejaba la iban a mirar raro, si cogía por ganas la iban a tachar de puta, y si no hacía nada —y Valeria no hacía nada— un día se iba a mirar al espejo y se iba a encontrar con su madre. Esa boca apretada, los labios cerrados. «Las mujeres como la gente no hacen esas cosas».
La mía también tenía esa boca. Me la acuerdo planchando a la noche, en silencio, con la cara de una que dejó de esperar algo.
Valeria se levantó para ir al baño y yo pedí la cuenta. Después, a escondidas, les saqué una foto a mis piernas desnudas cruzadas debajo de la mesa, se la mandé a Andrés con un «Buen día, pibe» y me quedé mirando la pantalla. Sonreí. La doble tilde azul me avisaba que había visto el mensaje, y la foto. Al toque. Como siempre.
Valeria volvía hacia la mesa. Tenía una cintura preciosa, fina arriba del culo abundante pero todavía parado a pesar de los cuarenta largos. Cuánto hubiera querido verla feliz.
Mientras se acercaba, la imaginé rompiendo con todo: el marido, el amante, los miedos. La vi con un vestido rojo, caminando descalza, sin darse vuelta, y por un instante me pareció verla así de verdad.
Se sentó y se acomodó el vestido con un gesto inconsciente. Yo la miraba y sonreía.
—¿Sabés qué? Deberías comprarte un vestido rojo. Estoy segura de que te quedaría divino.
Valeria levantó las cejas, perdida, con esa sonrisa que decía «estás loca».
Al salir le guiñé un ojo y la agarré del brazo, mientras arrancábamos para San Babila. Le llevó un segundo darse cuenta de que estaba por largarle otra confesión.
—No me digas que hay otro…
Asentí sonriendo.
—Contá. —Los ojos prendidos de una nena esperando el próximo cuento.
Le conté de Massimo. Un abogado de Florencia que había conocido la semana anterior. Alto, manos cuidadas, y ese modo de sentarse ancho en la silla que tienen los tipos acostumbrados a ocupar espacio. Cuando hablaba me miraba la boca, no los ojos. Hijo de un gran jurista.
—¡Pensá que estudié con los libros de su padre! Pero no es de los que viven de arriba, se le nota en los ojos que quiere demostrar algo. Uno así en la cama no se guarda nada. Mañana a la tarde me lo cojo.
—¿No se terminan nunca los tipos en esa página? —bromeó Valeria.
—Cuando se me terminen voy a confiar en lo que el destino me ponga enfrente. Estoy segura de que la página de infieles no se va a enojar si yo le soy infiel también.
Nos reímos juntas. Después le di un beso sonoro en la mejilla y nos despedimos.
Volví a casa contenta. Primavera, mensajes en el celular, dos amantes en espera y mi amiga que capaz se compraba un vestido rojo.
Capítulo 3
Una propuesta indecente
Lo había ido a buscar al hotel del centro donde paraba cada vez que tenía audiencias en Milán. Lindo tipo, la verdad. Lo miraba ahí, desnudo, boca abajo en la cama, callado. El celular en modo avión sobre la mesa de luz, al lado del reloj, dos horas ya sin mirar ni uno ni otro.
Yo también estaba desnuda, apoyada contra el respaldo, las piernas estiradas sobre las sábanas rozando las de un hombre que conocía desde hacía días. Fumaba y lo miraba. Respiraba despacio, relajado. Había conseguido lo que quería y ya no le hacía falta actuar.
Hacían todos lo mismo. El abogado, el arquitecto, el de aquella fiesta, el que me había presentado una amiga, los de la página. Todos con el mismo verso, las mismas poses, esa seguridad de un tipo que te explica hasta lo que querés vos, como si no lo supieras. Para cogerte sin gastar un mango te armaban el numerito, cada uno a su modo, del mismo libreto. Y después del sexo se quedaban mansos, blandos, casi de verdad. Como si solo acabando pudieran dejar de actuar.
En definitiva, había salido bien. Massimo se había esmerado bastante. Demasiado. Seguía el «Manual del perfecto cogedor», con el ciclo de posiciones básico de cualquier porno decente —él arriba, yo arriba, de costado, en cuatro—, cambiando la coreografía justo cuando estaba por acabar. Se lo veía tenso, más pendiente de mostrarme las acrobacias de las que era capaz que de disfrutar el polvo. Más de una vez estuve a punto de decirle «No hay ningún director escondido en el placard, dejá de hacer el casting y cogeme», o también «Si gimo es porque me gusta así, no te estoy pidiendo que me muestres otra cosa». Pero si se lo decía, la buena pija que tenía entre las piernas se iba a desinflar sin remedio.
Mirá, lo conocía poquísimo, pero Massimo no tenía pinta de tipo que te deja a mitad de camino. Me habría hecho acabar con la lengua o con los dedos. Solo que no era eso lo que yo quería. Al fin y al cabo no podés ofrecer un regalo de Navidad envuelto de diez y después no dejar que te lo abran y lo disfruten, ¿no?
Así que, en pleno misionero, cuando vi que estaba por cambiar de posición otra vez, pensé: «¿Quiere que le diga que es bueno? Bueno, digámoselo…». Lo apreté fuerte con las piernas y le susurré un par de cochinadas al oído. Un «me hacés sentir re trola» o un «qué grande que la tenés» son palabritas mágicas que con los tímidos mejor ni usar, pero con tipos como Massimo pegan como una trompada. Y efectivamente ahí arrancó en serio, se olvidó de libretos y directores imaginarios, y mientras yo le mordía el cuello cada tanto, me metió las manos abajo del culo, los dedos clavados en las nalgas, y se puso a darle duro, largo, como yo quería, suelto para decirme cochinadas, suelto para hacérmelas.
Acabé varias veces. Después acabó él, y estoy segura de que de todo el repertorio de posiciones que me tenía preparado, el último misionero fue el que más le gustó.
Ahora estaba ahí, callado, relajado por fin.
Me encanta el silencio del después. Dos cuerpos quietos, cada uno en su lugar, sin necesidad de decir nada. Me lo saboreaba fumando despacio, sabiendo que se iba a terminar antes que mi cigarrillo.
—Sos extraordinaria —me susurró Massimo con voz de galán, estirando la mano para tocarme la panza.
Ahí estaba. Si tenía suerte me iba a preguntar cuándo nos veíamos de nuevo; si no, iba a arrancar con el cuento de su vida y la necesidad de calor humano, que en el fondo no era más que una manera elegante de decir que quería chupar calor y color de la mía.
Apagué el pucho y le pasé la mano por el pelo, empujándolo para que se diera vuelta boca arriba.
—¿Cenamos?
Le dije que sí y me le monté encima. Íbamos a cenar, sí, y después no lo vería más. No tenía ganas, pero antes de sentarme a la mesa iba a abrir y disfrutar al menos una vez más su regalo de Navidad.
Más tarde fuimos a Brera.
Massimo había elegido un lugar con velas en la mesa, obvio. Bastó una copa de vino para que volviera al modo «conquistador», como si el sexo no hubiera cambiado nada, como si siguiera en su función. Y por supuesto se había puesto a hablar de él. No la verdad, claro, sino su versión bondadosa que de tanto repetírsela se le había vuelto cierta. Los éxitos, los viajes, la mujer que no lo entendía. Todo acompañado del estribillo de cuánto necesitaba una mujer como yo.
Lo miraba y pensaba que era igual que todos. Necesitaba que lo admirara, que lo cuidara, que le dijera lo increíble que era. Un nene que quiere que mami lo mime, pero una mami que además le pare la pija. Y lo peor es que se lo creía en serio, que por haberme cogido bien una noche me había dejado algo más que sábanas mojadas. No tenía idea de que todo ese circo solo me daba ganas de cerrar las piernas. Menos mal que no lo iba a ver nunca más.
Hablaba y hablaba y yo no lo podía seguir. Encima me estaba agarrando un dolor de cabeza que iba aumentando.
Y de golpe caí: ¡la culpa era de su voz! De la catarata de quejas que me estaba largando sobre su mujer, con un tono y una cadencia que no se aguantaban. Hacía media hora que no paraba de repetir monstruo de mujer, monstruo de madre, monstruo de esposa, sumando detalle tras detalle.
Un flash.
Pensé en ella, en la vida vacía que debía tener al lado de ese tipo, rodeada de silencios pesados y reproches que no terminan, y me divirtió imaginar que fuera «Nube79», o cualquier otro perfil de mina de mi página de encuentros. Que de la bronca se hubiera metido ella también y estuviera cogiendo por todos lados. Al fin y al cabo, alguien tenía que sacarle el jugo a ese matrimonio.
Aguantándome una risita, fingí que me tenía que ir.
—Ay, perdón, disculpá, no me había dado cuenta de la hora.
Ya lo estaba saludando.
Massimo me agarró la mano.
—Qué lástima, pero bueno, apenas vuelva a Milán te aviso. Quiero verte de nuevo. Estuvo increíble hoy.
Le planté un beso en la mejilla.
—Sí, estuvo increíble. Llamame en la semana.
Ya estaba en la puerta.
Cinco minutos después, en el taxi, ya le había bloqueado el perfil y metido el número en la lista larga de «llamadas y mensajes a rechazar automáticamente».
Tiré el celular en la cartera. Ese encuentro me había hartado. Bajé la ventanilla y el aire de junio me entró caliente por el cuello, llevándose consigo el olor de Massimo.
Agarré el celular otra vez y le escribí al pibe.
«¿Y si te hiciera una propuesta indecente?»
«Acepto» contestó, sin agregar nada.
«Reservá una habitación en un hotel mañana a la noche. Mandame la dirección y el número del cuarto. Yo voy y vos me prometés que te dejás oler entero. Después a lo mejor miramos una película juntos».
«Dale. Lo hago».
Releí esas palabras dos veces. Sin negociar, sin preguntar: y yo ahí, con el pulgar clavado en la pantalla, sin saber qué escribir. Me sorprendió de verdad. No podía creer que hubiera aceptado así, sin chistar, una propuesta tan loca como riesgosa: al fin y al cabo, yo era una desconocida total. Cuando el taxi frenó me descubrí sonriendo: era tan raro que alguien me agarrara desprevenida.
Capítulo 4
El aperitivo
Me había puesto un vestidito elegante bien escotado, taco doce, pelo recién salido de la peluquería y me había maquillado a fondo. Cuando bajé del taxi frente al hotel, imaginé que el recepcionista podía confundirme con una prostituta, pero la idea, en lugar de darme vergüenza o achicarme, me prendió.
«Si me va a tomar por puta, que por lo menos me vea como una puta hermosísima», pensé. Me puse otra capa de rouge, abrí un poco más el escote y entré al lobby con paso distendido.
Dije que iba a la habitación 110, que me esperaba un chico y que pagaba yo. El pensamiento «Es una puta» seguro se le cruzó por la cabeza al recepcionista, pero ese detalle —las putas no pagan la habitación, ¿no?— junto con la voz, el vestido, la alianza en el dedo, le estaban sugiriendo que a lo mejor yo era… ¿Una señora?
Me encantó haberlo incomodado. No se tratan igual, las señoras y las putas.
Andrés miraba la escena desde el saloncito frente a la recepción. Se acercó titubeante.
—¿Sos Anna?
El recepcionista se sobresaltó. ¿Qué mujer sin nombre se hace esperar en un hotel si no es una puta? El enredo que se le armaba en la cabeza me resultó terriblemente excitante.
Y me excitaba Andrés, ese pibe tan atractivo, más lindo en persona que en las fotos, tan distinto de mis amantes de siempre. Joven, alto, un cuerpo espléndido y los ojos intimidados.
—Soy yo —contesté.
Me acerqué con la boca a su oreja, levantándome apenas sobre los tacos, rozando el culo contra el mostrador casi en la cara del recepcionista.
—Antes de subir al cuarto quiero tomar algo en el bar de enfrente.
Después apoyé con seguridad el documento sobre el mostrador. El recepcionista leyó mi edad y el estado civil de casada, miró el escote, no entendió un carajo, balbuceó algo de fotocopias, después, sí, gracias… Y estoy dispuesta a jurar que algo, a la altura de la ingle, se le estaba despertando de un largo letargo.
Cruzamos al bar de enfrente del hotel.
Mi dedo recorría lentamente el borde del vaso de Campari. Frío. Rojo. Brillante.
El pibe estaba sentado rígido, las piernas ancladas a la silla. Nervioso, casi desconfiado. Lo miraba fijo, saboreando cada segundo de su incomodidad.
Dejé de mirarlo y me puse a seguir con los ojos el movimiento de mi dedo sobre el borde del vaso, la uña roja raspando el vidrio. Quería parecerle aburrida pero estaba atentísima. Le percibía la mirada y la emoción. Cada tanto levantaba la cara y le clavaba mis ojos en los suyos. Ojos de mujer de cuarenta y cuatro años, descarada, segura, encima de los ojos de un pibe emocionado.
Qué escena, la veía desde afuera. Hubiera querido estar en otro lado mirándola, y mojarme.
Me preguntó a qué me dedicaba. Se lo dije. Asintió como si hubiera entendido, pero los ojos se le habían escapado al escote y no habían vuelto a tiempo. Se pasó una mano por la nuca —el gesto de los pendejos— y cambió de tema. No tenía la menor experiencia con este tipo de citas y no sabía disimularlo. Me divertía.
Empecé a estudiarlo en detalle. Era morocho, de tez clara, ojos oscuros, una sonrisa que le temblaba. Y hombros anchos, brazos musculosos, manos firmes. Cambié de posición, me incliné hacia adelante para verlo mejor, descaradamente.
Y cuanto más lo miraba más me gustaba. Cuanto más lo miraba más me gustaba yo.
Y yo le gustaba a él.
A pesar de la leve desconfianza que le asomaba cada tanto en la cara, los ojos y la voz no podían esconder su emoción. En un momento estiró la mano para agarrar el vaso y le temblaba. No lo disimuló, ni lo intentó. Me miró y se encogió de hombros, como diciendo: soy así.
Ese gesto me golpeó directo al estómago. No lo tenía previsto: esperaba coquetearle a un pendejo, no sentir algo así.
Me atraía mucho esa mezcla de inocencia y excitación, una timidez que había cedido a las ganas de animarse. Porque capaz él esperaba que nada más lo oliera, o que viéramos una película, quedándose con las pelotas hinchadas…
Un par de veces lo sorprendí mirándome las piernas. Un par de veces le sonreí. Cada vez se ponía colorado y yo me descubrí pensando «Te quiero». No. «Te deseo mucho».
Me puse a contarle de algunos encuentros míos con tipos de la página sin ahorrarme los detalles crudos, tomando el Campari, acompañando las historias con una mirada descarada. Cada tanto Andrés se ponía colorado y bajaba los ojos. Era tierno. Yo me reía y lo acorralaba con preguntas, metiéndole alguna palabra subida de tono en el medio.
—¿Ya conociste otras mujeres en la página?
—¿Y te las cogiste?
Pestañeó y bajó la mirada. Me incliné un poco más sobre la mesa, jugueteando con el borde del vaso.
—¿Por qué te gustan las más grandes?
Silencio. Sonreí.
—¿Te hiciste la paja por teléfono con alguna?
Tragó.
—¿Y pensando en mí?
Lo obligaba a mirarme si bajaba los ojos. Cuando estaba segura de haberle atrapado otra vez la mirada me callaba, me ponía seria, fruncía los labios y pasaba despacio la punta de la lengua por el labio. Él volvía a bajar los ojos y se le notaba un temblor por la respiración, como si la emoción que hasta ese momento tenía en la garganta de golpe se le hubiera bajado a inflarle la pija. Me encantaba pensar que se sentía así, emocionado de la garganta a la pija.
Una vez lo pesqué mirándome no los ojos sino la boca. Tardó un instante de más en subir, y en ese instante lo vi, ya no solo se estaba poniendo colorado. Se había inclinado hacia mí sin darse cuenta, el cuerpo se movía sin pedir permiso a la cabeza.
Le pregunté algo —no me acuerdo qué, otra de mis provocaciones— y no bajó los ojos. Me miró. Quieto. No descarado, no seguro. Quieto. Como si por un segundo hubiera dejado de tener miedo y me hubiera visto de verdad. Sentí que se me cerraba el estómago. Duró poco. Desvió la mirada, volvió el pibe tímido, y el momento pasó. Pero yo lo había sentido. Algo que no tenía nada que ver con la inocencia, ni con la inexperiencia.
Algo que, decidí, dentro de un rato le iba a sacar con la lengua.
Capítulo 5
A paso de danza
No me lo imaginaba, lo juro. Caminando con él hacia la 110, casi en silencio, yo sabiendo perfectamente qué hacer, él visiblemente no, y lo último en lo que pensaba yo era en cómo iba a terminar esa noche. Caminaba apenas detrás de él, a propósito, porque quería que me sintiera la mirada encima, que tuviera claro que estaba en un baile donde la que marcaba el ritmo era yo, aunque fuera él quien me abría camino.
Le miraba la espalda y pensaba. Él tiene veinticuatro años. Yo los veinticuatro los tuve, y los desperdicié. Dos maridos, el primero sin haber terminado la facultad. Tres hijos: uno grande, adulto y maravilloso, hecho sin pensarlo ni un segundo; dos chiquitos, deseados y llenos de posibilidades. El título a los veintidós, y después el mismo trámite de siempre: cursos, exámenes, concursos, habilitaciones. Estudio en el centro, clientes enormes, diez horas por día de laburo. Una vida entera sin conformarme, con la cabeza activa para no oxidarme. Y era justo eso, la misma hambre de no quedarme quieta, lo que me hacía caminar por ese pasillo detrás de un pibe que de mí no sabía nada.
En ese momento él no sabía nada. No lo sabía todavía. Y era lo más lindo de él.
Se le veía en el modo de caminar, sin poses, sin la rigidez calculada de los hombres que conocía yo, esos que hasta en el pasillo de un hotel avanzan como si alguien les estuviera poniendo nota. Andrés caminaba con incomodidad, sin tratar de esconderla. Se le notaba en los hombros, levemente cerrados, en el paso que titubeaba un segundo antes de cada puerta. Y ese avanzar sin máscara hacia algo que lo desbordaba me gustaba mucho. No estaba actuando. No fingía, no frenaba el paso para esperarme, no se daba vuelta con la sonrisa ensayada que todos los otros a esa altura sacaban. Simplemente caminaba, nervioso, sin saber qué hacer con las manos. Le miraba la nuca y sentía unas ganas locas de acercarme y olerlo ahí, justo ahí, en ese pedazo de piel entre el cuello y el pelo. No lo hice. Pero las ganas me acompañaron hasta la 110 como un animal caliente pegado a las piernas.
En ese pasillo, con la alfombra amortiguándome los tacos y su espalda adelante, algo no me cerraba. Sabía exactamente qué iba a pasar en esa habitación. Lo había hecho decenas de veces. Lo sabía. Pero nunca había caminado así hacia una puerta. Me pregunté qué carajo hacía un pibe así en un sitio de casados pudiendo cogerse a cualquier piba de su edad. Pero mirándole la espalda me sentía entera. Capaz él también me vio así, y por eso ahora estaba en ese pasillo conmigo.
Sí. Capaz nos habíamos olido. Y ahora por eso le caminaba atrás, clavándole la mirada en la nuca y muriéndome de ganas de meterle la nariz ahí.
La 110 estaba al fondo del pasillo. Entramos.
Andrés tenía un aire torpe, hasta indeciso. Decidí incomodarlo más todavía. Me puse seria, casi molesta, y me moví por la habitación ostentando soltura. Estábamos en silencio, solo el ruido de mis tacos contra el piso.
—Voy al baño —dije.
Me encerré en el baño. Sentía sus movimientos del otro lado de la puerta. Me lo imaginaba dando vueltas por el cuarto preguntándose si estaba enojada y por qué, si había metido la pata o dicho algo fuera de lugar. Fumé un pucho sonriéndome socarrona en el espejo.
Cuando salí la habitación estaba a oscuras. Andrés se había sentado en la cama frente a la tele sintonizada en ningún canal.
—¿Está bueno lo que estás mirando? —le pregunté, llamándolo por el apellido.
Después me planté entre él y el televisor. Me di vuelta, con el culo a la altura de su cara, y le repetí por encima del hombro:
—¿Está bueno lo que estás mirando? ¿Es mejor que esto?
Balbuceó algo que no entendí mientras yo, como si fuera lo más natural del mundo, me sacaba el vestido. Me tiré en la cama boca arriba en corpiño y bombacha.
—¿No venís?
Se acercó, después volvió a sentarse. Se sacó los zapatos. Se acostó de costado, la cara hacia mí. La puta madre, cómo estaba de emocionado, me parecía sentir todo su nerviosismo.
Acercó la cara a la mía. Me quedé quieta, inmóvil. Después me corrí de golpe.
—Perdón, no es que te iba a besar. Solo quería sentirte el olor. Perdón.
Su voz temblorosa me penetró. «Mirá vos el pibe», pensé. «Me quería oler…»
Me puse despacio encima de él.
—Espero que estés tomando apuntes, pibe. Esto no te lo enseñan en la facultad —le dije bajito.
Le acerqué los dedos a la cara. Le recorrí los contornos, la frente, las cejas, los párpados, la nariz, la curva de los labios, las mejillas, el hueso de la mandíbula. Después me agaché a olerlo, con su aliento haciéndome cosquillas en el cuello. Lo olí por todos lados.
Andrés seguía vestido. En las partes de piel que tenía al descubierto lo olía despacio, suave; sobre el pecho y las piernas, donde tenía remera y pantalón, olía con fuerza, refregando la nariz y los labios contra la tela como un perro que sigue un rastro. Por último le olí la bragueta. Empujaba con la nariz contra la ingle haciendo que se tensara la tela del pantalón, apoyando ahí la mejilla para sentir debajo el bulto de la pija ya dura. Me quedé un rato así, le estiré las manos hacia arriba y le metí mis dedos en la boca.
Después me levanté, me puse de nuevo encima suyo y le agarré la cara con las dos manos. Lo miré a los ojos. Tenía las pupilas tan dilatadas que ya no le veía el iris. Parecían dos lagos negros.
Me apoyó las manos en la frente, en las sienes, y me invadió una sensación dulcísima. Bajé a besarle la boca. Un beso blando y hondo.
«Demasiado dulce…», pensé. Era una sensación rara, tan fuera de lo común que me dio miedo. Aguanté. Me negué a cerrar los ojos y dejarme llevar por esa sensación. Me solté y empecé a desnudarlo con urgencia, como retomando el control. Fuera la remera, mis dedos frenéticos en los botones del jean.
Él cada tanto me frenaba, volvía a apoyarme las manos en las sienes, a mirarme con esos ojos inmensos, y cada vez me inundaba nuevamente esa sensación de dulzura mezclada con asombro. No podía dejar de sonreírle y besarlo otra vez en la boca.
Estábamos en un fotograma de miel.
«Demasiado dulce. Demasiado», pensé de nuevo. Y de nuevo traté de resistir, volviendo a desnudarlo frenéticamente. Fuera el pantalón, fuera el calzoncillo.
Estaba completamente desnudo, acostado, la pija perfectamente parada. Nos abrazamos y rodamos por la cama intercambiando posiciones. Ahora era él arriba mío. Cuánta vida en esos ojos, cuánta dulzura, cuánto deseo. Era lindo de una manera que dolía. Me temblaban las manos. Hacía mucho que no me temblaban las manos. Se las puse en las nalgas y lo llamé por el apellido.
—Metémela en la boca. —Lo invité con las manos a ponerse a caballito sobre mi pecho y apuntarme la pija a la cara. Lo vi abrir enormes los ojos, ese negro inmenso de las pupilas que se agrandaba más todavía. Me hizo caso enseguida.
Tenía la chota hinchada frente a los ojos. Empecé a pasarle los dedos entre los pelos, a recorrer con las yemas las líneas de las venas gruesas sobre el tronco, después la cabecita, mientras lo respiraba fuerte, alimentándome del olor de él.
Levanté la cabeza para refregarme bien la pija por la cara, por los párpados, por las mejillas, por los labios cerrados. Refregaba y olía. Andrés me miraba, excitadísimo y un poco perdido, después volvía a sostenerme las sienes con las manos, a hundir los ojos en los míos, a resbalar en el fotograma de miel.
Otra vez me obligué a sacudirme de encima la sensación de dulzura que me invadía. Levanté los brazos, agarré la cabecera de la cama y lo invité a trabarme.
—Cogeme la boca —le ordené.
Me acercó la punta a los labios y yo los entreabrí para recibirlo. Empezó lentamente a entrar y salir de mi boca, cada vez más adentro con cada envión. Le movía la lengua de modo de acariciarle cabecita, frenillo y tronco en cada entrada, doblaba el cuello para favorecerlo, para que se deslizara entre lengua y paladar, para que llegara al fondo de la garganta hasta hacerme lagrimear. Después, cuando sentí las pelotas golpeándome el mentón, empecé a chupársela a ritmo acompañando el movimiento con la lengua. Me gustaba tanto que abrí las piernas de par en par y me puse a mover la cadera. No dejaba de mirarle los ojos. Había momentos en que los abría enormes y momentos en que los entrecerraba echando la cabeza para atrás. Después volvía a buscar los míos.
Latía fuerte y entendí que estaba por acabar. Le capté una cierta duda, capaz estaba inseguro, capaz no sabía si podía acabarme en la boca, si tenía que salir o qué. Solté las manos de la cabecera y busqué las suyas que me trababan los brazos. Se las apreté fuerte. Con la pija llenándome la boca hice un par de veces que sí con la cabeza, alentándolo a soltarse, a rendirse a mi boca. Era lo único que le estaba pidiendo, y él todavía no sabía que era lo más difícil. Esos ojos enormes y negros se le nublaron, los párpados peleando por quedarse abiertos, la mirada perdiendo el foco, mientras la pija le empezaba a pulsar más fuerte y a largarme la leche en la garganta.
Chupaba, acompañando la oleada de los chorros de leche caliente y dulce, chupaba y presionaba la lengua contra el tronco para calmarle y acariciarle los estremecimientos, chupaba y tragaba mientras con las manos le apretaba las suyas que temblaban.
Me parecía chuparle el alma.
Fue una noche larga.
Lo hice mío y fui suya varias veces. En silencio. Siempre era yo la que decidía momentos y posiciones.
Me puse en cuatro frente al espejo y lo incité a montarme por detrás y a mirar mi cara reflejada. Lo cabalgué arriba, ensartándome en él y meciéndome de adelante para atrás. Lo hice ponerse de pie:
—Quiero chuparte la pija de rodillas y quiero que te mires en el espejo. Tenés que darte cuenta de lo lindo que sos.
Había decidido todo yo. Cogérmelo. Cómo cogérmelo. De cuántas formas y cuántas veces cogérmelo.
Pero no había ganado.
Lo entendí por el abrazo de él después de que habíamos acabado juntos, yo todavía en cuatro y él pesado detrás mío. Abrazados furiosamente, casi dolorosamente, como dos sobrevivientes de un naufragio, seguros de haberse salvado, vivos y felices.
Capítulo 6
Desvíos
Ese verano los chicos iban y venían de la playa con mi marido, yo me quedaba en Milán con el laburo y la página abierta en otra pestaña. Casada era y casada seguía. No había nada que no funcionara, salvo que todo funcionaba sin que yo estuviera.
Seguía viendo hombres. Uno duraba una semana, otro dos, alguno un mes. Me los llevaba a la cama y a la mañana siguiente no me acordaba del gusto de su boca. Andrés era todavía, en mis planes, uno más. Sin embargo, de los que vi entre el primer encuentro con él y el momento en que lo nuestro se estabilizó, me quedan solo habitaciones de hotel todas iguales, sábanas blancas, minibar, la luz del baño prendida. Las caras no. Las caras las perdí.
Si a uno lo recuerdo bien es porque fue vergonzoso. El único casting fallido.
Gianluca era un cuarentón atractivo, ocurrente. Manejaba un timing perfecto, la respuesta siempre lista. De esos tipos que en un bar te hacen reír y pensás: en la cama va a ser igual. No era igual. Me tocaba con brusquedad y sin oído. El tipo que te besa fuerte convencido de que así es mejor, que te agarra las tetas como si fueran de goma y no se da cuenta de que te quedaste dura.
Y encima terminaba enseguida.
La primera de las dos veces que cogimos, en la única tarde que pasamos juntos, acabó prácticamente diez segundos después de habérmela metido. Me abrazó.
—Estaba demasiado emocionado, me gustás mucho.
Le devolví el abrazo y le acaricié la espalda como se hace con un chico después de una pesadilla. No por él, sino por mí, porque no quería haber tirado una tarde a la basura.
La segunda vez duró capaz cinco segundos más que la primera.
—Te deseaba demasiado —se justificó.
Después agregó, satisfecho:
—Igual estuvo mejor que la primera, ¿no?
Ahí entendí: cinco segundos más y se ponía un seis.
Cuántas veces me había bancado la misma escena, el abrazo del después, la vocecita dulce, el «no te preocupes, mi amor», guardándome la bronca para el taxi de vuelta. Cuántas veces me había quedado ahí mimándoles el ego como si fuera mi responsabilidad, como si la pija de ellos mereciera toda mi paciencia, pero mi placer ni diez segundos más.
Por eso no escuché una tercera excusa. Me divertí provocándolo con las manos, fríamente, llevándolo cerquísima del punto de no retorno para después cortarle todo en la mejor parte, levantarme de la cama, vestirme y rajar, dejándolo ahí, en bolas y con la pija parada, que terminara solo si quería.
Con otros en la cama había ido mejor, al menos en duración y tamaño de la pija, las únicas dos cosas de las que los hombres se jactan a la mañana. Pero ninguna de esas experiencias le había hecho siquiera un rasguño a la marca del pibe.
Adentro mío sonaba la alarma y yo hacía como que no la escuchaba. No le proponía vernos cada vez que tenía ganas. Las desviaba hacia el amante de turno, más experimentado, más cómodo. Cogía con cualquiera para no llamarlo a él. Me forzaba.
De vez en cuando, igual, no me aguantaba, y nos veíamos.
Tenía ganas de esa dulzura espesa como miel. No sabía qué hacer con esas ganas. Con los demás había un antes y un después, antes el deseo y después el taxi. Alcanzaba con vestirse. Con Andrés el después no se terminaba. Se pegaba, como un perfume que no se va ni con la ducha. Me llevaba todo a casa. El olor, el calor, y unas ganas raras de quedarme sin nada encima también después, también sola, como si mi cuerpo no quisiera taparse más.
Era incómodo e inquietante todo eso. Mandaba a la mierda mis planes de pecadora eficiente y organizada. No pedía nada. Y yo no sabía cómo defenderme de algo que no pide nada.
«Una vez más», me decía. ¿Para qué negármela? Otra vez más. Solo una más.
© Anna Salvaje