Un diario intenso y poderoso. Por su carga erótica, su honestidad y la ausencia total de hipocresía. Una historia de amor que desborda intensidad y pasión, narrada con una franqueza y una sinceridad desarmantes. Un libro que es un canto apasionado a la Libertad y al Amor.
Disponible de inmediato en formato impreso y en eBook.
Capítulo 1 – Fuera del cuartito
Las mujeres lo sabemos todo sobre el amor, pero no acabamos de entender a los hombres. Nos cuesta aceptar los mecanismos de sus deseos. Y, además, tendemos a rechazar los nuestros: los llevamos dentro desde niñas, cosidos en una tela ordenada, y nos asustan cada vez que intentan asomarse fuera del redil.
Nos encerramos en un cuartucho teniendo un palacio entero a nuestra disposición. Aunque el sexo nos guste, solo logramos disfrutarlo sin remordimientos cuando está bendecido por la pareja o, al menos, por el amor. “Vivieron felices y comieron perdices”, pero ¿a cuántas se había follado el Príncipe Azul antes? ¿Y después?
Eso no lo cuenta el cuento. Ni falta que hace. Porque ya se sabe: a los hombres siempre se les perdona un desliz, mientras que a nosotras nos marcan con la letra escarlata.
¿Cómo? Criadas y alimentadas con mil “eso no se hace”, ¿cómo nos atrevemos a explorar y aceptar esas partes de nosotras que se suponía que debíamos mantener calladas y apagadas? ¿Sin ni siquiera sentir culpa? Vale, ya no nos queman en la hoguera, pero ¿cuántos siguen torciendo el gesto ante nuestras elecciones cuando se vuelven visibles y “distintas”?
Y no es casualidad que quienes nos desprecian con más saña y lástima sean, sobre todo, otras mujeres. Mujeres amargadas, resentidas, que, desde sus pequeñas habitaciones, observan y remarcan constantemente las diferencias que las separan de las demás.
Ellas, las decentes, las como Dios manda, contra las brujas, las descarriadas, las “malas” que han tenido el valor de abrir las puertas y recorrer el palacio.
¿Cambiará alguna vez? Cambiará, sí. Despacio, a paso lento, pero está cambiando. Basta con explorar cualquier web para notarlo: las mujeres están ahí, presentes. ¿Solo profesionales del sector? ¿Solo eso? No tiene sentido: son demasiadas mujeres registradas como para creer que todas se dedican a la prostitución.
El sistema es sencillísimo. Funciona así: te registras tú y un montón de gente más. Cualquiera puede contactar con cualquier usuario, quien decide si responder o no. Se saltan los pasos que suelen mediar entre el primer contacto y el sexo: el acercamiento, los tonteos, las dudas, los malentendidos. Alguien te escribe y, si te gusta su perfil (foto, descripción, frase introductoria), respondes; si no, pasas de largo y nadie se ofende. Y si alguien se lo toma a mal, pues qué le vamos a hacer. ¿Te parece inmoral? ¿Cínico? Llámalo como quieras, pero esa web tiene una ventaja innegable: es cómoda.
Cada uno la usa como quiere, pero lo normal es que pasen semanas antes de verse en persona. Antes de quedar, los usuarios charlan largo y tendido, compartiendo sus signos del zodiaco, colores favoritos, insatisfacciones maritales y deseos secretos.
Desde el principio decidí usar la web sin perder el tiempo. No me apetecía quedarme chateando eternamente, tonteando o haciéndome la interesante. Prefería ver en persona lo antes posible al hombre al que había decidido responder. Quedábamos en una cafetería y lo sometía a una especie de prueba.
“Casting para mi cama”. Así llamaba a esos encuentros preliminares cuando se los contaba a Valeria, la única amiga que conocía mi doble vida.
Nunca puedes confiar solo en el conocimiento virtual si quieres echar un polvo. Si lo que buscas es perder la cabeza, sudar y correrte hasta quedarte sin aliento, quiero decir. Puedes enviar fotos, audios, llamar, hacer videollamadas, incluso desnudarte en una pantalla. La persona al otro lado puede parecerte increíblemente atractiva, pero por mucho que habléis con sinceridad y con todo lujo de detalles, sigue siendo un espejismo. El otro no es más que la idea que nos hemos montado en la cabeza.
Porque nada sustituye el cara a cara. Nada iguala una mirada que te atraviesa o una voz que vibra en tu oído sin filtros de micrófonos. Y, sobre todo, nada puede reemplazar el olor.
Y el olor, bueno… el olor es otra historia.
Un buen olor casi siempre significa un buen sabor. Pero no todos percibimos lo mismo. ¿Follar con un desconocido no es como morder una fruta nueva? A mí, por ejemplo, me encanta el mango, pero hay quien, al acercárselo a la nariz, dice que huele a queroseno y ni de coña se lo mete en la boca. Lo entiendo. ¿Quién se metería en la boca algo cuyo olor lo repele? Porque, al final, un buen olor no solo despierta el deseo, sino que lo aviva. Y sin eso, no hay química que valga.
Para mí, el olor es lo primero que debe atraerme de un hombre si quiero llevármelo a la cama. Con el tiempo y la experiencia, he desarrollado un talento casi infalible: puedo darme cuenta enseguida, por el olor, la mirada y la voz, si un hombre, por muy atractivo que sea, tiene lo necesario para ser un buen compañero de juegos.
Por eso prefería quedar en persona cuanto antes. Si el hombre no me gustaba (y ocurría a menudo), solo perdía el rato en un café o, a lo sumo, un almuerzo rápido. Además, en aquella web todo iba de cara, sin hipocresías. Así que ¿para qué fingir? ¿Por qué no íbamos a serlo también nosotras? ¿Qué sentido tenía perder el tiempo en historias antes de olfatearnos? Por muy interesante que fuera la charla, imagina la decepción si su olor no encajaba con lo que esperabas.
Yo buscaba amantes, no amigos.
Cuando un hombre superaba el casting, casi siempre acabábamos follando en la segunda cita. Si el sexo era bueno, seguíamos viéndonos durante semanas o meses, hasta que me aburría. En ese punto, bastaba con cortar y volver a empezar. De hecho, solía volver a la web antes de que se me pasara del todo el interés, en cuanto la emoción empezaba a esfumarse. Ya me ponía a tantear a otros hombres para un café o un almuerzo de prueba, iniciando una nueva historia incluso antes de cerrar la anterior. No me gusta perder el tiempo, ya lo he dicho.
Me encantaban mis aventuras. Había llegado a un punto en mi vida en el que tenía clarísimo lo que quería y lo que no.
Y lo que quería era sexo. Solo sexo.
Sexo desnudo, sin ataduras. Placer sin complicaciones, sin adornos emocionales ni malditos enredos. Sexo que brillaba mientras duraba. Saboreaba cada polvo en la penumbra de una habitación de hotel, donde cada roce encendía el deseo, o las rapiditas a toda prisa, de pie, en el baño de un restaurante, con más hambre el uno del otro que de la comida.
Encuentros esporádicos o encuentros repetidos. Placer sin la carga del “tú eres mía”, sin la trampa del “esto significa algo”, sin la pesadez de la posesión ni las fantasías románticas. La libertad de levantarme, vestirme y largarme en cualquier momento, sin dar explicaciones ni justificarme.
Los hombres casados eran mi mejor garantía. Lo hacían todo más fácil y más fluido: podía aceptar, rechazar o posponer, y ellos no montaban dramas. Yo abría y cerraba cada historia cuando quería y como me daba la gana.
No sabía resistirme. O, mejor dicho, no quería resistirme. Necesitaba emociones nuevas. Estaba hambrienta. Y me rendía a ellas.
Lo esencial era ser cauta. Cuidar mi salud y mantener a salvo mi vida real. Escoger lugares donde no me reconocieran, no dar mi nombre verdadero ni mi dirección, usar un móvil exclusivo para mis citas y, por supuesto, borrar siempre el historial de ubicaciones del oficial.
Y —detalle en el que pocos reparan— desactivar la búsqueda automática de wifi. Que aparezca en tu lista el nombre de un motel en las afueras o el wifi de un hotel del centro no es nada discreto.
Había mil razones para sentirme satisfecha. Esa web era una fuente inagotable de amantes generosos, dispuestos a follar sin remordimientos. Y lo mejor es que dejar claro desde el principio que solo buscaba sexo les ponía a mil. No solo eso. Ser elegidos entre miles de perfiles los alimentaba el ego: querían ser los más deseables, los más seductores, los más machos.
La mayoría eran hombres con un largo historial de aventuras, auténticos maestros de la seducción que se desenvolvían con soltura en el universo femenino. Rara vez un tipo que solo ha tenido a su novia de siempre y a su mujer acaba en una app así. Eran casi todos machos alfa que, en su día, se casaron con la misma de siempre o, si acaso, con una “sin complicaciones”: de esas que crecieron jugando a ser mamás, decorando casitas de muñecas y vistiendo bebés de plástico.
Hombres hipócritas que no sabían renunciar a una esposa con la que salir con los amigos y veranear: una buena madre para sus hijos, tranquila, de esas que difícilmente les pondría los cuernos. ¡Vaya presunción! Si supieran cuántas de esas mujeres conocí en clubes privados, soltándose la melena al abrigo de la luna.
Excelentes amantes, pero sexualmente insatisfechos, indiferentes al hecho de que la mujer de su vida no fuera una guarra en la cama. Paciencia. Los nuevos culos y tetas que tocar se los buscarían en otra parte. Y ahí estaba yo, la otra parte perfecta: una zorra de verdad, sin la menor tentación de poner en riesgo su cómoda vida familiar.
Grandes amantes, decíamos, que en el fondo solo tenían un defecto: un ego inflado como un globo, acompañado de una ridícula actitud de superioridad paternalista. Esa manía de “explicarme las cosas” o de llamarme “Pequeña”, como si me estuvieran diciendo: “Mira qué bien me lo monto, qué suerte tienes, niña…” Pero no me importaba. Si tenían una buena polla y sabían cómo usarla, los perdonaba sin dudar. Buscaba amantes, no almas gemelas.
Además, me divertía ver cómo se pavoneaban. Y estaba casi segura de que muchas de esas esposas “nada putas”, con los hijos ya crecidos y las primeras arrugas asomando, acabarían fantaseando con sus propias travesuras y, ¿por qué no?, tal vez viviéndolas por su cuenta.
Los hombres experimentados, esos que, tras casarse, intentaron “sentar cabeza” obligándose a un largo periodo de fidelidad (pero ya se sabe que nadie escapa de su verdadera naturaleza…), eran los más generosos en palabras. Me colmaban de atenciones y cumplidos… pero seguían siendo unos bocazas, previsibles. Sabía exactamente qué les pasaba por la cabeza antes de que lo dijeran o hicieran. Ni se imaginaban que el sí y cuántas veces los volvería a ver dependía solo de qué tan buenos eran en la cama.
También había un pequeño porcentaje de tímidos, hombres con poca experiencia que lo habían apostado todo a su carrera y que, al llegar a la mediana edad, se sentían muy insatisfechos, pero incapaces o demasiado asustados para lanzarse a un cortejo real. Después de intentar distraerse con pasatiempos absurdos, acababan en apps de citas con la esperanza de esquivar los rechazos que tanto los aterraban en la vida real. Y que, al menos conmigo, se llevaban igual, porque rara vez pasaba con ellos del café.
Los poquísimos que superaban el casting no lo debían tanto a su físico (que, ojo, tenía que ser bueno, y mucho) como al hecho de que vivían lejos. Tenían esa irritante manía de aferrarse, de mandarme mensajitos cursis de buenos días y buenas noches, fingiendo una relación empalagosa. Se hacían los románticos, simulando estar enamorados. Un teatro que, por muy bien que follaran, solo podía tolerar una vez al mes, como mucho, cuando pasaban por Milán.
Y luego estaban los que evitaba como la peste: los peores. No solo hipócritas, sino también mezquinos y llorones. Hombres que, con poca o mucha experiencia en infidelidades, no tenían ni puta idea de cómo éramos las mujeres y que, con una rapidez desconcertante, empezaban a hablarte —siempre mal— de sus esposas.
Los mejores eran los que, como yo, iban a lo suyo, sin ataduras (claro, ellos nunca han necesitado una palabra equivalente a “puta”). Hombres que buscaban deseo y diversión, sin camuflar sus intenciones en un romance ni aspirar a una relación seria. Hombres sinceros, que me follaban con intensidad, dejándose llevar por el momento, sin enredos ni cuentos que contar.
Sexo apasionado, atento y generoso. Placer sin filtros. Erección inmediata y prolongada. ¿Alguno tomaba pastillas para mantenerla dura? A muchas mujeres eso les incomoda y les toca la autoestima; a mí no. Un falo flácido no alegra ni siquiera si estás enamorada; imagínate cuando el tipo te es sentimentalmente indiferente: te entran ganas de llorar.
Con esos hombres me entregaba con el mismo ímpetu, sin pedir nada más que reciprocidad. Era la mujer ideal, a la que solo ofrecían unas buenas folladas, pero de la que tampoco podían esperar nada más. Una relación de absoluta igualdad.
Fuera cual fuera la categoría del amante de turno, mi mundo secreto permanecía separado del de mi vida cotidiana, como si una barrera impermeable los dividiera y ninguno de los dos pudiera contaminar al otro.
Así dormía como un tronco por las noches, sin remordimientos ni necesidad de analistas ni de confesores. Me movía entre mis mundos paralelos como quien cruza del sueño a la vigilia, siendo real en ambos. Una escisión entre dos versiones de mí misma, igualmente auténticas, hasta el punto de no saber cuál de las dos soñaba a la otra.
Todo iba de lujo. Dos años sin sobresaltos. Hasta que, una noche de finales de mayo, me escribió Andrés. No sé por qué lo hizo y, la verdad, tampoco sé por qué le contesté: no encajaba para nada con el perfil que me había propuesto buscar. Es más, un tipo así ni siquiera debería estar en aquella web de casados infieles. Follar con alguien distinto a ti puede ser complicado, incluso para una sola vez, ¿no? Y Andrés era demasiado diferente.
Veinticinco años, soltero, estudiante.
A ese tipo de usuario nunca le respondía.
Me escribió una broma ingenua, de esas que no tienen ni pizca de gracia, y no pude resistir la tentación de recalcar lo banal de su comentario. De algún modo, quería chincharlo. Envidiamos la juventud y, cuando podemos, nos burlamos de ella. Sin embargo, se disculpó por la broma y lo hizo en un italiano impecable. ¡Ah!, el italiano impecable… ¡Qué seductor suena! De la web pasamos a los mensajes de texto y, después, a las llamadas.
Créeme, no tenía la menor intención de conocerlo en persona: era demasiado diferente de mis esquemas. Pero me divertía llamarlo de vez en cuando, soltarle frases con doble sentido, ponerle en aprietos. Le mandaba fotos con algo de escote, un tobillo, la línea de una pierna, y le retaba a enviarme audios con palabras que tuvieran la “r”, porque él la pronuncia de una forma muy peculiar. Le decía que me moría de curiosidad por oírla en su voz y imaginar cómo se movía su lengua.
Con esas bromas, él se quedaba callado al otro lado. Se notaba que no estaba acostumbrado a insinuaciones explícitas (a mí, en cambio, me flipan), así que subía un poco más la apuesta, retorciendo sus palabras con matices eróticos.
En fin, me lo pasaba en grande.
Capítulo 2 – Valeria y la Primavera
Valeria me quiere desde hace años. Lo suficiente para sentir curiosidad por mí, sin envidia ni juicios.
Estábamos en el Martini de Corso Venezia, sentadas en una mesa al aire libre, en el patio interior lleno de plantas. Me encantaba aquel sitio en primavera. Era como visitar a la primavera en persona: te ponías un vestido ligero, las piernas al aire, sin medias, te sentabas bajo la luz, entre tanto verde, con Milán descansando en el asfalto gris del invierno, y empezabas ya a verla cambiar. Era solo un atisbo, una promesa visible a través del portón.
—¿Con quién te estás viendo ahora? ¿Todavía con el arquitecto?
Sí, salía. Perdón, follaba desde hacía un par de meses con Roberto, arquitecto romano de cuarenta y siete años que se había mudado a Milán hacía unos años. Con él me sentía bien. Uno de los mejores encuentros que el “catálogo del pecado”, como lo llamaba Valeria, me había regalado.
—Sí, claro.
—Enséñamelo, no me acuerdo de cómo es —pidió, señalando mi móvil.
Valeria había sido mi confesor de cada revolcón secreto de los últimos dos años; solo que, en lugar de imponerme penitencia, cada nuevo pecado me tranquilizaba. Una especie de cura honesto.
—¿Estuviste bien? ¿Te hizo sentir bien? Olvídate de todo, yo te absuelvo.
Había desbloqueado el móvil para mostrarle una foto del arquitecto cuando llegó un nuevo mensaje. Era el “buenos días” del chico.
—¡Mira qué mono! —dije sin pensar, mostrándole la foto de su perfil en la aplicación de mensajería.
Ella frunció el ceño.
—Pero ¿qué pasa? ¿Le das clases particulares o viene a jugar a la Play con tu hijo?
Estallé en carcajadas.
—¿Quién es? ¿Es mayor de edad?
—Tiene casi veintiséis años y vive en Cremona. Solo tonteo con él por WhatsApp. Ni de coña pienso quedar con un niñato —respondí, fingiendo un tono de dama ofendida.
Valeria me quitó el móvil, miró otra vez la foto de Andrés y añadió:
—Vaya, el chaval está buenísimo. Pinta muy bien…
—Sí, es guapo.
—Entonces, ¡hazlo! Si es mayor de edad y no hay riesgo de ir a la cárcel, ¿por qué no lo conoces?
—¿Estás loca? Me divierte, pero ni loca lo veo. No es mi tipo —dije, recuperando el móvil.
—Ojalá me atreviera a registrarme en esa página. ¡Cómo te envidio, tía! Pero ya sabes que, si no amo, no puedo hacer nada con un hombre.
Valeria llevaba años atrapada en un matrimonio infeliz y, desde hacía dos, enredada en una relación clandestina aún más frustrante con un excompañero de colegio. Una historia que no la emocionaba ni en lo sexual ni en lo sentimental. Se había vuelto tan aburrida y complicada como otro matrimonio.
—Cuando quieras, te enseño a registrarte. Así te quitas de encima a ese amante-zombi… Total, para conformarte con un muerto, mejor fóllate al que tienes en casa.
Reímos, cómplices. Ambas sabíamos que Valeria nunca se registraría. Era de esas que estaban convencidas de que el sexo solo se hace por amor, listas para repetirse una y otra vez el cuento de que así es como debe ser.
En cambio, yo pensaba que el sexo debería practicarse fundamentalmente por dos razones: orgasmos o dinero. ¿Y qué más da si el mundo (al menos donde manda un Dios varón) siempre nos llama putas por hacerlo? No es que no valorara la maravilla de follar por amor, pero pensémoslo bien: ¿cuánto tiempo es razonable tener relaciones sexuales que no traigan consigo al menos una de las dos cosas?
¿Cuántas veces nosotras, las mujeres, a fuerza de encontrarnos con la boca y el coño llenos de corrida sin haber gozado ni ganado un duro, acabamos culpando a la vida de habernos usado y maltratado, volviéndonos reprimidas, amargadas, venenosas? Años y años haciendo lo que otros —padres, novios, maridos, hijos— esperan de nosotras, complaciendo al mundo a costa de mil renuncias, solo para descubrir al final —cuando ya no hay vuelta atrás y el tiempo se ha acabado— ¿qué hay? Nada. Ni premios. Ni medallas. Ni un puto diez en el boletín de notas.
Suena feo decirlo, pero esa vida respetable y ordenada no borra el sabor amargo que deja al final la rutina de madres y abuelas. Y ni siquiera podemos reconocerlo, porque hacerlo significaría admitir que envidiamos en secreto a las otras, a las que toda la vida llamamos putas, a las que lo hicieron por dinero o, peor aún, guiadas por el puro instinto, como las perras.
Valeria se levantó para ir al baño, y yo pedí la cuenta. Luego, asegurándome de que nadie me viera, tomé una foto de mis piernas desnudas cruzadas bajo la mesa. Se la envié a Andrés con un “¡Buenos días, chico!” y me quedé mirando la pantalla. Sonreí. El doble check azul indicaba que había leído el mensaje y visto la foto.
De inmediato, como siempre.
Miré a Valeria mientras volvía a la mesa. Tenía una cintura maravillosa, estrecha sobre un culo generoso, pero todavía firme, pese a los cuarenta y tantos años. ¡Lo que daría por verla feliz! Basta un instante para que la gravedad, el metabolismo y la pereza hagan de las suyas, y luego solo quede lamentar todas las veces que nos faltó valor para arriesgarnos o mandar todo a la mierda cuando tocaba. Nos pasamos la vida creyendo que solo somos bellas si somos buenas, mujeres decentes, madres ejemplares, y olvidamos que nuestra verdadera belleza —nuestro verdadero encanto— está en atrevernos a ser nosotras mismas.
Mientras la veía regresar, no pude evitar imaginarla rompiendo con todo: su marido, su amante, sus miedos. La vi en mi mente con un vestido rojo, caminando descalza sobre su propia vida, sin mirar atrás. Era una imagen tan nítida que, por un instante, me pareció verla de verdad, radiante, aunque sabía que ella aún no era así.
Cuando se sentó, la observé fijamente. Se acomodó el vestido con un gesto inconsciente.
—¿Sabes? Deberías comprarte un vestido rojo. Estoy segura de que te quedaría espectacular.
Valeria arqueó las cejas, confundida, con esa sonrisa que decía “estás loca”. Pero yo no lo estaba. Yo veía lo que ella aún no se atrevía a ver.
Al salir, le guiñé un ojo y la tomé del brazo mientras caminábamos hacia San Babila. Tardó un momento en darse cuenta de que estaba a punto de confesarle algo más.
—No me digas que hay otro…
Asentí, sonriendo.
—Cuenta —dijo Valeria, con la emoción de una niña esperando su próximo cuento.
Le hablé de Massimo. Un abogado de Florencia que había conocido la semana anterior. Inteligente, guapo, de una elegancia refinada. Cada detalle de su vestimenta —reloj, corbata, calcetines— hablaba de un gusto impecable, de un hombre que sabía cómo mostrarse al mundo.
—Para que te hagas una idea, yo estudié con los libros de su padre. Me da la impresión de ser un hombre al que nunca le faltó nada: ni dinero, ni conexiones, ni clientes. Y, sin embargo, no se conformó con vivir a la sombra de su padre. Al contrario. Creo que lo domina el deseo de demostrar que es el mejor. Y por eso pienso que en la cama tampoco se contendrá. He decidido que mañana por la tarde me lo llevo a la cama.
—¿Es que nunca se terminan los hombres en ese sitio? —bromeó Valeria, con su tono característico, como si el asunto fuera un juego.
—Cuando se terminen, confiaré en lo que el destino me depare. Estoy segura de que la web de los infieles no se ofenderá si también le soy infiel —dije, con una risa cómplice.
Reímos. Luego le di un beso en la mejilla y nos despedimos.
Volví a casa con la placentera sensación de que, en aquel momento, lo tenía todo bajo control: la primavera coqueteando con la ciudad, los mensajes pícaros en el móvil, mis dos amantes en lista y mi amiga quizás comprándose un vestido rojo. Y, sobre todo, con la certeza de vivir exactamente como me daba la gana, sin tener que rendir cuentas a nadie.
Capítulo 3 – Una propuesta indecente
Lo vi en el hotel del centro, donde solía alojarse cuando tenía audiencias en Milán.
Era, sin duda, un hombre muy atractivo. Lo observaba mientras yacía desnudo, boca abajo sobre la cama, sumido en un profundo silencio. Su móvil, en modo avión, descansaba descuidadamente sobre la mesita de noche, junto a su reloj. Ambos llevaban un par de horas sin recibir ni una sola mirada.
Yo también estaba desnuda, apoyada en el cabecero, con las piernas extendidas sobre las sábanas, rozando las de un hombre al que apenas conocía desde hacía unos días. Fumaba mientras lo observaba. Respiraba despacio, relajado. Había conseguido lo que quería y ya no necesitaba fingir.
Los hombres, cuando quieren conseguir algo, son como actores sobre un escenario. Repiten los mismos discursos, adoptan las mismas posturas y recitan el mismo guion una y otra vez. Al fin y al cabo, son ellos quienes “explican las cosas” a las mujeres, ¿no? Están convencidos de saberlo todo, incluso lo que una mujer realmente desea. Puedes encontrártelos en una app de citas, en una fiesta o quizá te los presenta una amiga. Si quieren alcanzar su meta sin gastar un céntimo, montan su representación, cada uno a su manera, como si fuera una obra de teatro. Solo después del sexo se vuelven serenos, relajados, satisfechos. Casi auténticos.
Con Massimo, en general, todo había ido bien. Se había esforzado bastante. Al principio, estaba demasiado concentrado en seguir el “Manual del perfecto amante”, sacando el repertorio básico de cualquier buen porno que se precie: él encima, yo encima, a cuatro patas, de lado, yo de nuevo encima, pero girada de espaldas. Se empeñaba tanto que, más de una vez, consiguió sacarme de la concentración justo cuando estaba a punto de llegar, arrancándome el placer de las manos en el último segundo. Cambiaba la coreografía en el peor momento, como si lo importante fuera impresionarme con sus acrobacias o lucirse, en lugar de disfrutar del sexo.
Más de una vez estuve a punto de pararlo y decirle: “Mira, guapo, aquí no hay un director escondido en el armario al que tengas que impresionar para conseguir el papel”. O quizás algo como: “Si gimo, es porque me gusta lo que hace, no porque quiera que me enseñes otra cosa”. Pero sabía que, si lo decía, esa buena polla que tenía entre las piernas —un instrumento que, por cierto, podría haber dado mucho más— se desinflaría sin remedio.
Por favor, lo conocía muy poco, pero Massimo no tenía pinta de ser de los que te dejan a medias. Seguro que me llevaría a la meta con su lengua o con sus manos, pero eso no era lo que yo quería. Después de todo, no puedes ofrecer un regalo de Navidad maravillosamente envuelto y luego impedir que lo abran y lo disfruten como es debido, ¿verdad?
Así que, en pleno misionero, cuando noté que iba a cambiar otra vez de postura, pensé: “¿Querrá demostrarme que es bueno? Vamos a decírselo…”. Lo atrapé con fuerza entre las piernas, lo acerqué más y le susurré un par de guarradas al oído. Un “Me haces sentir como una zorra” o “Qué grande la tienes” son frases mágicas que conviene evitar con los tímidos, pero que funcionan de maravilla con hombres como Massimo.
Y en efecto, a partir de ese momento, empezó a darlo todo. A follarme mejor, olvidándose de los guiones y de complacer a directores imaginarios. Yo, de vez en cuando, le mordía el cuello, como si fuera un premio, animándolo con palabras que sabía que le encendían. Me metió las manos debajo del culo, clavándome los dedos en las nalgas, y empezó a embestirme con fuerza, con ritmo, como lo quería yo y como, ahora sí, lo deseaba también él. Libre, por fin, para decirme guarradas y hacerlas, libre para disfrutar de cómo me hacían estremecer, hasta cavarme un surco de placer.
Me corrí una y otra vez. Luego, él también acabó, y estoy segura de que, de todas las posiciones que había intentado, la última, la del misionero, fue la que más disfrutó.
Ahora estaba allí, en silencio, finalmente relajado.
Me fascinan esos momentos de verdad que se esconden en los silencios. Es ahí, en el vacío, donde todo adquiere sentido, en ese pequeño instante de conexión en el que te das cuenta de que el placer, en el fondo, también es una forma de soledad compartida. Un monólogo callado entre lo que somos y lo que deseamos ser. Lo disfrutaba con cada calada, fumando despacio, porque sabía que esa calma suya desaparecería antes de que terminara mi cigarro.
—Eres extraordinaria —susurró Massimo con tono seductor, alzando la mano para acariciarme el vientre.
Ahí estaba. En el mejor de los casos, en breve me preguntaría cuándo nos veríamos de nuevo. En el peor, comenzaría a hablarme sobre su vida, su sed de calor y color (lo que, traducido al idioma universal, quiere decir: “Quiero chupar calor y color de ti”).
Apagué el cigarrillo y le acaricié el cabello, invitándolo a tumbarse boca arriba.
—¿Cenamos juntos? —preguntó.
Respondí que sí y me monté encima. Claro que cenaríamos juntos, pero no tenía intención de volver a verlo. No tenía ganas. Pero antes de la cena, pensaba desenvolver y exprimir al máximo su regalo de Navidad al menos una vez más.
Más tarde fuimos a Brera.
El sitio que había elegido Massimo, el tono de su voz y sus gestos amables… todo estaba calculado al milímetro, dejando claro que había vuelto a activar su modo conquistador, como si el sexo no hubiera cambiado nada, como si siguiera en su obra de teatro.
Y, como era de esperar, empezó a hablar de sí mismo.
No la verdad sobre su vida, por supuesto, sino su interpretación personalizada. Una versión tan benévola que, a fuerza de repetírsela, había llegado a considerarla casi como una representación de la realidad.
Me tocó cenar aguantando los mismos temas de siempre: sus logros, el trabajo, los viajes, la esposa que no lo comprendía, su hambre de pasión… Todo ello aderezado con comentarios constantes sobre lo mucho que le faltaba una mujer como yo.
¿Qué les pasa a los hombres? Creen que pueden fascinarnos apelando a ese supuesto deseo de sentirnos afortunadas solo porque un hombre tan importante y especial nos ha elegido. Y, como si fuera poco, pretenden que nos sintamos únicas por haberles brindado placer, permitiéndoles sentirse aún más vitales y extraordinarios. Los hombres nunca superan el deseo de ser entendidos, cuidados, admirados. Es como si siempre buscaran una madre que los mime, pero en un cuerpo que los caliente.
Massimo no lo sabía y se recreaba en su relato narcisista, convencido de que su superficial atractivo era suficiente para cautivar. Había vuelto a ser el hombre guapo, atractivo y elegante que no dejaba lugar al misterio, a la imaginación, a un final inesperado. Afortunadamente, no lo volvería a ver.
Seguía con su voz monótona y ese tono paternalista, convencido de que era fascinante. Hablaba sin cesar, y apenas podía seguirle el ritmo. Además, tenía un ligero dolor de cabeza que iba en aumento.
De repente lo comprendí. ¡Su voz, hipnótica y a la vez irritante, era la verdadera culpable! Sus interminables quejas sobre su mujer, narradas con ese acento monótono, eran la causa que me provocaba un deseo irrefrenable de salir corriendo.
Llevaba media hora despotricando sobre lo horrible que era su mujer. Monstruo de madre, monstruo de esposa, monstruo de mujer.
Qué pena, Massimo. Seguro que ella dice lo mismo cuando habla de ti.
Añadía detalles: que no cuidaba de los niños, ni de la casa, ni de él. Cada palabra suya me taladraba la cabeza y entonces, de pronto, pensé en ella. Pensé en la vida vacía que debía llevar a su lado, seguramente rodeada de silencios incómodos y reproches eternos. Y me divertí imaginando que podría ser “Nube79” o cualquiera de esos apodos femeninos que circulan en mi app de citas. En un arrebato de desesperación, también se había registrado y ahora follaba aquí y allá, como una loca y como nunca. Quizás, después de soportar tantos años de lamentos y monotonías, decidió que también tenía derecho a ser un “monstruo”, pero uno que disfrutara un poco.
Conteniendo una risa, fingí que tenía que marcharme.
—¡Madre mía, lo siento! No me había dado cuenta de lo tarde que era —dije, mientras me levantaba y lo saludaba con cortesía.
—¡Qué pena! Pero bueno, cuando vuelva a Milán te aviso. Me apetece verte otra vez. Ha estado genial —dijo mientras me daba un beso en la mejilla.
—Venga, hombre, ha estado estupendo. Llámame esta semana —respondí, sonriendo mientras me alejaba.
Cinco minutos después, ya en el taxi de vuelta a casa, su perfil estaba bloqueado. Su número, en mi interminable lista de llamadas y mensajes rechazados. Guardé el móvil en el bolso mientras me daba vueltas en la cabeza lo irritante que había sido ese encuentro.
Hay algo que me pone de los nervios en algunos tíos: esa manía de creerse el ombligo del mundo, como si les bastara con una actuación medianamente decente para sentirse imprescindibles. No era el sexo en sí lo que me molestaba —eso podía ser bueno, regular, o ni fu ni fa; no me importaba—, sino esa arrogancia de quienes piensan que pueden dejarte algo más que un cuerpo caliente a su lado durante una noche. Es como si siempre necesitaran ser el eje, el foco, el “momento cumbre”.
Yo no buscaba un héroe, ni un príncipe azul, y mucho menos alguien que viniera a cambiarme la vida. Tampoco buscaba amor. Lo que quería era una chispa, un instante de verdad, una conexión libre de las ganas de aparentar o de montarse un papel. Algo auténtico, sin teatro ni máscaras. Sexo real, sin adornos ni simulacros.
Y, aun así, por más que lo intentara, siempre acababa cruzándome con hombres que, por interesantes que parecieran, vivían encerrados en cajas herméticas. Hombres como Massimo: guapo, sí, pero incapaz de quitarse las máscaras. Ni siquiera estando desnudo. Su atractivo superficial no daba para más que alimentar su propio ego.
El ansia de algo distinto me golpeó de lleno mientras veía las luces de la ciudad deslizándose por la ventana del taxi. Saqué el móvil y le escribí al chico:
“¿Y si te hago una propuesta indecente?”
“Acepto”, respondió sin pensarlo.
“Reserva una habitación en un hotel para mañana por la noche. Mándame la dirección y el número de la habitación. Iré a buscarte y prométeme que me vas a dejar olfatearte todo. Después, tal vez veamos una peli juntos”.
“Está bien. Lo haré”, contestó él.
Me dejó de piedra. No podía creer que aceptara sin pensarlo una propuesta tan loca, y hasta arriesgada. Después de todo, yo era una desconocida.
Cuando el taxi paró frente a mi portal, me pillé sonriendo. Me sorprendían tan pocas veces que me di cuenta de que esa sensación se había vuelto un lujo, casi algo olvidado
Y así, con esa sonrisa, abrí la puerta al juego que acababa de comenzar.
Capítulo 4 – El aperitivo
Llevaba un vestido elegante y muy escotado, tacones de 12 centímetros, el pelo recién peinado en la peluquería, y me había maquillado con generosidad.
Al bajar del taxi frente al hotel, imaginé que el portero podría confundirme con una puta, y lejos de incomodarme, esa idea me encendió.
“Si me va a tomar por una puta, que al menos crea que soy una puta espectacular”, pensé.
Me di otra capa de pintalabios rojo, ajusté el escote del vestido y entré en la recepción con pasos firmes y fluidos, como si la sala fuera mi pasarela.
Dije que iba a la 110, que me esperaba un chico y que yo me encargaba de los gastos. Seguro que pensó “Es una puta”. Pero esa idea (¿Acaso las putas piensan en pagar la habitación? ¿A que no?) se mezcló con mi tono de voz, el vestido y el anillo de casada en mi dedo, sugiriéndole que quizás era una señora… ¿Una señora? Me encantó verlo desconcertado. A las señoras y a las putas no se las trata igual.
Andrés observaba desde el salón frente a la recepción. Se acercó y, con tono inseguro y voz vacilante, preguntó:
—¿Eres tú, Anna?
El portero se sobresaltó. ¿Qué otra mujer con una identidad incierta se espera en un hotel, si no es una prostituta? Me fascinó la batalla mental que debía estar librando.
Y luego estaba Andrés, tan atractivo. En persona era aún más guapo que en las fotos que me había enviado. Su mirada intensa y su sonrisa tímida lo hacían destacar entre mis amantes habituales. Joven, alto, de cuerpo impresionante, con esos ojos oscuros que no sabían si decirme que me deseaba o que se moría de nervios.
—Soy yo —respondí.
Me acerqué a su oído, alzándome apenas sobre los tacones. Apenas rozaba el culo contra la barra, casi en la cara del portero, que seguía boquiabierto.
—Antes de subir a la habitación, quiero tomar un aperitivo en el bar de enfrente —susurré.
Dejé mi DNI en el mostrador de recepción. El portero leyó mi edad y mi estado civil de casada, miró mi escote. Silencio. No entendió nada, balbuceó algo sobre fotocopias. Luego, sí, gracias…
Aprecié su desconcierto. Era evidente que algo se le estaba despertando ahí abajo.
Cruzamos al bar frente al hotel y nos sentamos en una mesa al aire libre.
Mi dedo recorría lentamente el borde de la copa de Campari. Fría. Roja. Brillante.
El chico estaba sentado rígido, con las piernas firmes contra el asiento. Nervioso, casi receloso. Lo miraba fijo, saboreando cada instante de su incomodidad. Dejé de mirarlo y seguí con los ojos el movimiento de mi dedo sobre el borde de la copa, con la uña roja arañando el cristal. Quería parecer que estaba aburrida, pero estaba absolutamente atenta. Sentía su mirada y su emoción. Un caleidoscopio de anhelo y duda. De vez en cuando alzaba la cabeza y se encontraba con mis ojos. Ojos de mujer cuarentona, segura de sí misma y descarada, clavados en los de un chico emocionado.
Qué escena…
Me la imaginaba desde fuera. Y deseaba estar ahí, verla desde otro ángulo, como espectadora, para excitarme aún más, como si fuera un espectáculo montado solo para mi placer.
Andrés era distinto a los hombres que había conocido en el sitio de citas. Y no solo por la edad. Era diferente porque, sin poder disimularlo, le faltaba experiencia en este tipo de encuentros. Podía percibir su incomodidad en cada uno de sus intentos torpes de conversación, y eso me divertía.
Empecé a observarlo con atención. Moreno, de ojos oscuros y piel clara, con una sonrisa maravillosa. Tenía hombros anchos, brazos musculosos y manos firmes. Cambié de postura. Me incliné hacia adelante para mirarlo mejor, sin preocuparme por ser discreta, de un modo deliberadamente descarado.
Y cuanto más lo miraba, más me gustaba. Cuanto más lo miraba, más me gustaba yo.
Y yo le gustaba a él.
Pese a la ligera desconfianza que a veces asomaba en su rostro y a la incredulidad por cómo fluía la cita, ni sus ojos ni su voz podían ocultar la emoción.
Un par de veces lo sorprendí mirándome las piernas.
Un par de veces le sonreí.
Cada vez él se sonrojaba y yo, joder, me descubrí pensando: “Te deseo”. No, mejor dicho: “Te deseo muchísimo”.
No lo había previsto para nada. Esperaba jugar a coquetear con un niñato y no había considerado cuán irresistible puede ser la candidez cuando se lo propone. De repente me di cuenta. Eso era lo que me atraía tanto, ese candor mezclado con la excitación, la timidez que había cedido ante el deseo de atreverse a aceptar una propuesta tan inusual. Me cautivaba su ingenuidad, esa mezcla de pureza y deseo. Porque quizá él esperaba solo que lo oliera, o tal vez ver una peli, quizá quedarse con las pelotas hinchadas y nada más…
Lo sentía cada vez más tenso, como si no supiera ni por dónde empezar. Decidí ayudarlo. “Vamos a relajarnos”, pensé. Empecé a contarle algunas de mis historias del sitio de citas, cargadas de detalles subiditos de tono, sorbiendo mi Campari y acompañando las anécdotas con miradas atrevidas. Cada poco, Andrés se sonrojaba y bajaba la mirada.
¡Hostia, qué vergüenza, pobre chico! Era adorable.
Yo me reía y lo atosigaba con preguntas frívolas, disfrutando del temblor que cada palabra “fuerte” le provocaba.
—¿Ya has quedado con otras mujeres de la app?
—¿Pero te las has follado?
Él parpadeó y bajó la mirada. Me incliné un poco más sobre la mesa, jugando con el borde de mi copa.
—¿Qué tienen las mayores que te gustan tanto?
Silencio. Sonreí.
—¿Te la has hecho alguna paja pensando en alguna de ellas?
Él tragó saliva.
—¿Y pensando en mí?
—¿Has estado con dos mujeres a la vez?
Lo obligaba a mirarme si bajaba la vista. Cuando estaba segura de haber atraído de nuevo su atención, me callaba, ponía una mueca seria y pasaba distraídamente la punta de mi lengua por el labio inferior. Él volvía a bajar los ojos, y sentía un temblor en su respiración, como si la emoción que hasta ese momento había tenido en la garganta de repente se desplazara abajo, hinchándole la polla.
Me encantaba pensar que se sentía así, emocionado de la garganta a la polla.
¿Habían sido mis movimientos de lengua? ¿Las historias y las preguntas? ¿Mis tetas y mis piernas? ¿O solo su falta de experiencia?
Era delicioso saborear su bochorno. Y saboreé mi decisión inesperada: en poco tiempo, le arrancaría cada célula de desconfianza, timidez y vergüenza con la lengua.
Capítulo 5 – A paso de danza
No lo imaginaba, lo juro. Mientras avanzábamos hacia la habitación 110, casi en silencio, yo, plenamente consciente de mis intenciones, sabía exactamente qué hacer, mientras que él, por el contrario, parecía perdido. Podía pensar en cualquier cosa, menos en cómo terminaría todo. Caminaba justo detrás de él, a propósito. Deseaba que sintiera la intensidad de mi mirada, que tuviera la certeza de estar en un baile donde yo marcaba el ritmo, aunque fuera él quien me guiara por el pasillo.
He tenido dos maridos. El primero cuando todavía estaba en la universidad. Tengo tres hijos: uno ya adulto y maravilloso, que llegó sin pensarlo ni un segundo, y dos pequeños, deseados y llenos de posibilidades. Me licencié a los veintidós años, y después vino la típica sucesión de cursos, exámenes, oposiciones y certificaciones.
Un despacho en el centro, clientes importantes y diez horas diarias de curro.
¿Te sorprende? No me he pasado la vida entre sábanas, follando. He estudiado y sigo haciéndolo, porque la bendición de mi trabajo radica justo en eso: me obliga a mantenerme al día. Sé que para entender y crecer no basta con los libros, pero mantener la mente alerta ayuda a hacernos preguntas, a abrazar la curiosidad y a explorar cada rincón de uno mismo.
Y nos evita convertirnos en idiotas.
Hoy, Andrés es un hombre libre, pero en aquel entonces ni se imaginaba las maravillas que un cuerpo puede descubrir cuando aprende a gozar con la mente. Sin embargo, ya poseía un don raro, una cualidad incalculable: la autenticidad. Esa que les falta a tantos cuarentones o cincuentones, atrapados en sus farsas, egoísmos y rencores de alguna ex, aferrados a sus rígidas certezas y límites autoimpuestos.
En un mundo de hombres que llevaban máscaras, el chico avergonzado que caminaba delante de mí hacia la habitación 110 tenía el valor de ser él mismo, incluso al arriesgarse. Sin escudos. Sin farsas. Era auténtico.
Siempre me ha fascinado la autenticidad. ¿No era acaso mi exploración, mi necesidad voraz de sexo sin implicaciones sentimentales, una búsqueda de autenticidad? Ofrecerme de esa manera, ¿no era la única forma que tenía de no negar ese “algo más” que, sin importar cómo me miraran los demás, yo sabía que era?
Tal vez los ojos de Andrés también me vieron así. Verdadera. Real.
Quizá sus coetáneas estaban demasiado ocupadas interpretando el papel de mujeres seguras y desenvueltas, cuando, en el fondo, solo buscaban reafirmaciones. Reafirmaciones sobre ellas mismas, sobre su apariencia, sobre la pareja. Viviendo el sexo y las relaciones como un medio para proyectar el futuro, en lugar de disfrutar la despreocupación de sus veintitantos.
Mujeres jóvenes, siempre preocupadas porque los hombres “solo querían follar”, mientras yo… Bueno, yo solo quería follar.
Quién sabe…
Tal vez la autenticidad y el valor de ser nosotros mismos nos hagan reconocernos. Nos atraigan.
Incluso en distintas etapas de la vida.
O al menos, eso me gusta pensar.
Que eso fue lo que me pasó con Andrés.
Y lo que él sintió por la mujer que fui.
Y por la mujer que soy ahora.
[……]
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